Me han pedido que cuente una historia sobre el camino de Santiago. Lo difícil es decidir bajo que óptica: La del caminante peregrino con motivación religiosa específica, a la vieja usanza; o por motivos cultural, o vaya usted a saber por qué otra chifladura: Parados de larga duración, jubilado, separado, divorciados, aburridos, aventureros de baja estopa…Este dilema que podría ser moral y que hoy en día, no tiene ninguna consecuencia social, no fue así en el pasado; donde también tenía una utilidad de reconocimiento y de prestigio social, pudiendo ser utilizado para conseguir ciertos beneficios ante la iglesia y bajo los reinos cristianos. En aquellos tiempos no había dilema, no se concebían peregrinos turísticos ni culturales. Se suponía que nadie hacia aquel arduo y peligroso camino, sin una razón religiosa o de indulgencia. Hoy, han cambiado las tornas, y el expendedor de certificados de la oficina del peregrino en Santiago se encuentra ante el dilema de tener que decidir, entre expedir dos tipos de documentos al finalizar el camino para cada peregrino que lo solicita: La “Compostelana”, certificado más bonito y clásico, con un largo texto en latín, o un simple certificación, a modo de justificante, en castellano, donde indica el viaje realizado. Este último, para aquellos viajeros que aducen otros motivos no religiosos. Ambos certificados sirven para descuentos en el viaje de regreso de algunos transportes públicos y de Iberia.
El empleado compostelano, después de comprobar la veracidad de los sellos de la carta credencial del camino, y la andadura de al menos 100 kilómetros moviendo las piernas o a caballo, debe dilucidar la motivación real del caminante. Parece un tema simple, ya que cada peregrino suele explicar sus razones de un modo simple.
Pero los temas de convicciones no son sencillos, aunque lo parezcan. Uno de las veces que he estado en la oficina de expendición compostelana, una amiga, con la que anduve el camino portugués, alegó que ella no era cristiana, pero que si tenía motivaciones místicas para hacer el camino. La empleada que le tocó, le pidió más explicaciones para discernir qué tipo certificado entregarle. Mi amiga planteó una disertación filosófica entre la mística y la religión. Dijo que hay cosas invisibles en la parte visible del mundo. Lo limitado que es el conocimiento humano y la necesidad ilimitada e inconmensurable de la naturaleza humana, como mística para comprender el misterio de la búsqueda que habita en las cosas. En su sentir eclético y armonizador, que no puede separar de la aventura del pensar. Lo que a su entender, venía ser ese meditar crítico ante la ignorancia de finitud de la vida y el mundo, como vivencia personal de búsqueda de la síntesis entre lo finito y lo infinito, cuando nos planteamos la existencia de nosotros mismos como pensamiento del pensamiento en recursividad infinita, en la sopa de lo racional, irracional, amor y deseo que se cuece en lo que somos.
La realidad era que la cola de los peregrinos solicitantes aumentaba ante el atasco filosófico planteado, y la empleada optó por darle, a modo de examen aprobado, el certificado de más valor religioso: “La Compostelana”.
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