29.6.15

el camino

Descansaba el viajero adormilado en el tren que pasaba por una angosta cañada. El tren se detuvo en la última estación, el viajero descendió y atravesó la añosa estación, dejó atrás el pequeño pueblo, se adentró en una vereda que llego a un cruce de caminos, donde el viajero se topó con un ciego que descansaba a la sombra de un tilo. Peguntó el caminante: ¿Por dónde se va al pueblo? El ciego respondió con otro pregunta: ¿A qué pueblo? El de la derecha va a Ricarón, pueblo silencios y cerrado, de vecinos ricos, que desconfían de los extraños. Dónde no abrirán las puertas ni para dar un vaso de agua a un viajero sediento. Después el ciego dijo: Por el camino de la izquierda se pasa por Rocacamojada, pueblo pobre y levantisco, donde los vecinos se sientan a las puertas de sus pobres casas a ver pasar el día. No suelen tener nada, ni trabajo, pero son afables y habladores… si tienen algo, lo comparten. El ciego hizo otra pausa y volvió a preguntar: ¿Qué es lo que busca en la vida? El caminante dijo: Quisiera llegar a un lugar para vivir, donde la gente fuese amable, generosa, rica y tranquila. El ciego contestó: Esa mezcla que persigue Usted, no existe, yo nunca lo he encontrado, ni oído entre los parroquianos de ninguna villa por las que he pasado. Nadie me ha contado de la existencia de un lugar así, y mire que me paso las horas escuchando. Si existiera, yo también me iría con Ud. a buscar ese lugar, en tren o andando, pero me temo que daríamos la vuelta al mundo y no lo encontraríamos. Ante tal respuesta el caminante propuso al ciego que ellos dos empezarán por formar, en ese mismo cruce de caminos, un pueblo con estas características de buen vivir. El ciego dijo: Yo lo haría, pero quién me asegura que Ud. es así, como desea vivir, y yo tampoco estoy seguro de mi comportamiento; no siempre actúo de la mejor manera posible para con los demás. Dicho esto, el caminante siguió por el camino a Rocamojada, pensando que era el pueblo menos malo, dentro de la ruta que perseguía, había dejado atrás, el tren, la estación, y parte de la civilización que conocía. Día a día y poco a poco, fue adentrándose en tierras más inhóspitas y desconocidas, buscando otra forma de vivir. 

25.6.15

escritura compartible

Cuando escribimos, sin querer, conscientes o inconscientes, nos miramos el ombligo. Se puede mejorar un estilo de escritura…practicando, leyendo mucho, mirando al exterior, remirando la vida. Pero lo más importante es: cómo de intensa es nuestro propio mundo interior, y cómo transmitimos a los demás las vivencias reales o imaginadas que se nos pasan por la cabeza. Así, cualquier camino que dibujemos con la escritura, será compartible. Desde luego, jugar es una de las facetas más importantes de la vida. “El quijote” es un libro de juegos imaginativos único, de ahí su valor. El éxito y el reconocimiento son agregados secundarios, que vienen bien, como el dinero para ser feliz, pero que no es el ingrediente fundamental. Aunque sea valorado de otra manera por el conjunto social, y más en los tiempos que corren de valores mediáticos.

22.6.15

La Compostelana

Me han pedido que cuente una historia sobre el camino de Santiago. Lo difícil es decidir bajo que óptica: La del caminante peregrino con motivación religiosa específica, a la vieja usanza; o por motivos cultural, o vaya usted a saber por qué otra chifladura: Parados de larga duración, jubilado, separado, divorciados, aburridos, aventureros de baja estopa…Este dilema que podría ser moral y que hoy en día, no tiene ninguna consecuencia social, no fue así en el pasado; donde también tenía una utilidad de reconocimiento y de prestigio social, pudiendo ser utilizado para conseguir ciertos beneficios ante la iglesia y bajo los reinos cristianos. En aquellos tiempos no había dilema, no se concebían peregrinos turísticos ni culturales. Se suponía que nadie hacia aquel arduo y peligroso camino, sin una razón religiosa o de indulgencia. Hoy, han cambiado las tornas, y el expendedor de certificados de la oficina del peregrino en Santiago se encuentra ante el dilema de tener que decidir, entre expedir dos tipos de documentos al finalizar el camino para cada peregrino que lo solicita: La “Compostelana”, certificado más bonito y clásico, con un largo texto en latín, o un simple certificación, a modo de justificante, en castellano, donde indica el viaje realizado. Este último, para aquellos viajeros que aducen otros motivos no religiosos. Ambos certificados sirven para descuentos en el viaje de regreso de algunos transportes públicos y de Iberia.
El empleado compostelano, después de comprobar la veracidad de los sellos de la carta credencial del camino, y la andadura de al menos 100 kilómetros moviendo las piernas o a caballo, debe dilucidar la motivación real del caminante. Parece un tema simple, ya que cada peregrino suele explicar sus razones de un modo simple. 
Pero los temas de convicciones no son sencillos, aunque lo parezcan. Uno de las veces que he estado en la oficina de expendición compostelana, una amiga, con la que anduve el camino portugués, alegó que ella no era cristiana, pero que si tenía motivaciones místicas para hacer el camino. La empleada que le tocó, le pidió más explicaciones para discernir qué tipo certificado entregarle. Mi amiga planteó una disertación filosófica entre la mística y la religión. Dijo que hay cosas invisibles en la parte visible del mundo. Lo limitado que es el conocimiento humano y la necesidad ilimitada e inconmensurable de la naturaleza humana, como mística para comprender el misterio de la búsqueda que habita en las cosas. En su sentir eclético y armonizador, que no puede separar de la aventura del pensar. Lo que a su entender, venía ser ese meditar crítico ante la ignorancia de finitud de la vida y el mundo, como vivencia personal de búsqueda de la síntesis entre lo finito y lo infinito, cuando nos planteamos la existencia de nosotros mismos como pensamiento del pensamiento en recursividad infinita, en la sopa de lo racional, irracional, amor y deseo que se cuece en lo que somos. 
La realidad era que la cola de los peregrinos solicitantes aumentaba ante el atasco filosófico planteado, y la empleada optó por darle, a modo de examen aprobado, el certificado de más valor religioso: “La Compostelana”.

19.6.15

Cibor-Gustavo

Apágame cuando deje de ser niño. Generalmente, se pasa a persona mayor, catalogándose para todos, como “normal” cuando uno puede vivir sólo y tomar sus propias decisiones, aunque tengamos cada uno, nuestras propias características y peculiaridades. Pero esta es una historia de los otros, de los que toman otros rumbos, los que se trasforman en un sujetos con alma “geek”, que no quieren o no pueden despegarse de sus ordenadores, el apéndice más importante de sus vidas. Si fuera japonés, sería un “otaku”, y si cayera en una soledad más profunda, se transforman en “nerd”.

Esto le pasó a Gustavo. A ciencia cierta, nadie supo la razón, ni el momento exacto de su trasformación. Su madre se encontró, de sopetón y desprevenida, con un hijo que ya no tenía tiempo para comer, ni para asearse. El jovencito Gustavo se pasaba las horas en su habitación, sin tomar consciencia de su maduración o trasformación en “friqui”, como le llamaban sus amigos. Poco a poco, su personalidad fue cambiando. Generalmente, él se sentía adulto, pero era incapaz de llevar las riendas de su vida, no sabía en qué trabajar, ni quería dejar de vivir con sus padres que cubrían todas sus necesidades. Tenía agazapada la dependencia de la niñez que utilizaba en su provecho, según el momento, y de cómo le iba en su avatar informático. Su edad emocional se manifestaba variable, con diferentes estados de ánimo: A ratos se comportaba como un niño consentido, en otros, se transformaba en un enano gruñón. Su identidad había perdido la inocencia y la frescura de la niñez natural.

Su aprendizaje y maduración sobre la vida habían sido convulso. Sentía que su personalidad se destapaba; como se rompe, a modo de capas de cebolla, las protecciones de la infancia. Al final, solo le quedaba su muy útil, prodigiosa e intuitiva inteligencia. La resilencia con su familia, especialmente con sus padres, era nula. Buscaba retos nuevos y afectivos en las pantallas. Ya no sentía la claustrofobia que de niño le angustiaba, ni la necesidad de calle o la luz como signos de libertad. La conexión con el ratón y el teclado, como un fuego abrasador, cubría todas sus expectativas de vida. Tenía la capacidad de programar avanzando por encima de sus propios conocimientos. Las complejidades de accesos a redes desconocidas no le producían temor. La información compleja no le amilanaba, no se perdía ni cegaba ante nuevos programas y objetos de programación. Se veía con un futuro brillante en el mundo de la informática; como Bill Gates, su ídolo. Su adaptación a nuevos interfaces no era ni lenta, ni pausada. Pero fuera de las pantallas, para él, el mundo era inseguro, desconocido, y sobre todo, hostil.

Gustavo no quiso ir a la universidad, le parecía una pérdida de tiempo para él, como para muchos de los casos de éxito que en el mundo informático conocía. También le angustiaba tener que relacionarse con otros compañeros de carne y hueso. No se veía en una oficina, obedeciendo órdenes y haciendo trabajos por encargo. A él le gustaba adentrarse, según su intuición, por tierras desconocidas del mundo de la información digitalizada.

Cuando murieron sus padres, siguió en la casa que había heredado, cuando le desahuciaron por impagos, solo se llevó su ordenador y pidió que le dejaran trabajar en un cibercafé del centro, donde se instaló temporalmente, donde también dormía. Cuando se quedó sin dinero ni para comer, iba a la beneficencia de Cáritas. Al final, no tenía papeles que lo identificaran, pero su alias cibernético como hacker “SagPiper” estaba entre los diez más conocidos del mundo. La policía fue incapaz de identificarlo. Se desvaneció como persona física, sólo perduraba en la red su alias, seguía existiendo y aportando conocimiento, ya no se sabía si era una persona o muchas. Las leyendas cibernéticas cuentan que fue tragado por su propio ordenador.

18.6.15

Cuento del Tren

En el tren de cercanía que va de Guadalajara a Madrid y viceversa, hemos decidido contar cuentos. Somos un grupo que se formó por el azar de la coincidencia diaria, por la repetición de sentarse en el primer compartimento del primer vagón del tren rápido llamado “Civis”.
Mucha gente piensa que cuando se va a trabajar tan lejos en tren, gastando 2 ó 3 horas diarias en ir, es tiempo perdido. Pero en el caso nuestro, no es así; este tiempo lo usamos para cambiar impresiones de nuestras respectivas vidas: Cómo estamos, cómo está la política del país, cómo está cada uno de nosotros. Inclusive tratamos temas trascendentales de la vida y la muerte que se le ocurre a alguno. Y sobre todo, nos apoyamos, nos damos fuerza unos a otros, nos comprendemos y nos ponemos en el papel del otro, a pesar de nuestras enormes diferencias, que después no son tantas.
Aunque cada una de nuestras vidas no se parezcan en casi nada a la de los demás. Durante esa tiempo, es como si viviéramos la vida de otro. Como si tuviéramos 6 ó 8 vidas. Salimos un poco de nuestras vidas individuales y nos da que pensar para el resto del día.

Cuento1 de viajero1:
La vida pasa en el tren como un pasatiempo. Cada mañana se reinicia el mundo. Salen el tren tras un pitido, lentamente coge velocidad hasta volver a parar en la siguiente estación. En cada parada se repite esta operación, y va aumentando el número de viajeros. Pocos son los que bajan, salvo cuando se llega a Madrid, que es cuando los vagones vomitan gente a espuertas. Antes de entrar en Madrid, por la ventanilla, se ve caravanas de coches atascados en las carreteras. El sol se va levantando casi sin inmutarse. Cada mañana, cuando sale el tren, se aprecia el campo. Se ve respirar al aire gracias al movimiento de las hojas de los árboles que se ven al pasar; esto se hace más notorio, con el despertar de la primavera. También van en el vagón, con destino a sus colegios y universidades, niños y jóvenes. Se les distingue por sus carteras y mochilas. Muchos viajeros están guiados por teléfonos que no cesan de digitalizar, escuchando música por cables insertados en sus orejas. El mundo gira cada mañana en el tren al compás del traqueteo de sus ruedas, deslizándose sobre la vía, chirriando sus hierros. Contrariamente a lo que pareciera del rugir metálico, el vagón está la calma, ocupado por el sueño aún no despejados de los viajeros, y por las nubes lejanas que asomas a modo de mullidas almohadas. Lejos están aún las vanas palabras diarias de políticos que aparecerán en periódicos y radio. Lejos aún el trajinar de la oficina.

17.6.15

Perder el tiempo

No estamos preparados para perder el tiempo, da miedo perderlo, no es recuperable. Conforme pasa la vida, se transforma en un pasatiempo. Da igual perderlo que aprovecharlo, la duración de nuestro tiempo es igual para nuestra vida. El tiempo y el lugar casi nos condicionan, estamos de paso a algo desconocido, bañado por los sentidos, grabando con los ojos la realidad imaginada, como una visión única e irrepetible, luchando contra las sombras de la muerte. Ni las causas, ni las razones importan. Nada está escrito, pero no podemos salirnos del camino, ni desandar lo andado, Y la luz no nos ilumina, salvo que nos imaginemos esa luz.