¿Cuándo uno deja de ser niño? ¿Y por qué? A ciencia cierta, nadie sabe la razón, ni el momento; nos encontramos con ello de sopetón, nos pilla desprevenidos. No somos conscientes hasta pasado un tiempo de maduración, largo o corto, para la creación de una nueva personalidad y persona. Y somos adultos cuando tenemos la capacidad de llevar las riendas de nuestra propia vida. Tampoco esto es absoluto, siempre hay una dependencia agazapada de la niñez, y en cada uno de nosotros tiene diferente tamaño y forma de manifestarse: Desde el que no deja de ser niño y nuca se transforma, quedándose enano; hasta el que cambia totalmente de identidad, y nuca vuelve a ser niño.
La maduración es un aprendizaje en capas de cebolla: aprendemos a andar sobre dos pies y ya no queremos volver a gatear. Quizás la niñez es el terreno de la máxima resiliencia, donde aprendemos a tener mecanismos de defensa, y si esto se hace hábito, como “esponja afectiva”. Por resiliencia, buscaremos retos nuevos y tomaremos la costumbre de aprender, manteniéndonos en la cresta de ser persona.
La Infancia es el universo de lucha contra la claustrofobia, donde aprendemos a jugar buscando la libertad, buscando la luz y controlar el fuego. Pero este aprendizaje no es inmediato, ni fácil. Todavía no hay un ordenador que sea capaz de tener una programación tan avanzada como nuestro aprendizaje. Pero somos tan complejos que en el camino nos podemos perder y cegar. En esta búsqueda de la persona que seremos en el futuro, es mejor la adaptación lenta y pausada, es más segura y más profunda.
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