No voy a contar una historia de miedo, porque la vida es más
terrorífica; solo una historia de rabia, de mala leche, como cuando sientes
frío al andar por las calles mal abrigado. Sentir cómo la generación de mi
madre fue engañada. Ahora, cuando a ella le flaquean las fuerzas, recuerda y se
empieza a dar cuenta de todo lo que ha pasado
por su vida. Cuenta cómo su generación propició la transición. Ellos fueron los
que abrieron las puertas y las ventanas para que entrara la esperanza de la conciliación.
Los que soñaron, en los años 80, con cambiar las relaciones entre gobernantes y
gobernados, los que creyeron terminar con el largo periodo del miedo
franquista. Cuando ocultaban y escondían activistas por sus casas, ayudando a
la caída del viejo sistema… Y llegó la democracia, con las calles llenas de carteles
de políticos jóvenes y caras nuevas: Felipe González junto a un joven rey
silencioso y tímido. Pero, tras años de fiestas:
mundiales, Expo de Sevilla, hoy ve que fue traicionada, con promesas electorales
nunca cumplidas. Los políticos de turno hacían todo lo contrario de lo que prometían.
Fue adormecida con telediarios, le mostraron
una España de abundancia, donde todos podían
ser ricos, en un el mundo infinito de la construcción. Hoy veo a mi madre, ya
abuela, con la vista y la mente cansada, que no salen de su asombro y cabreo. Ella que soñó con otro país, sin caspa, ni beatos;
no entiende por qué se vuelve a repetir la historia. Siente que la mintieron:
con un rey que se volvió cazador de elefantas, una princesa que se trasformó en
cleptómana y un sistema actual político que se mantiene por inercia, muy
parecido al que le llevó a revelarse y luchar.
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