18.11.14

El Infantado

Cuando los políticos de turno decidieron limitar a los ciudadanos la entrada al Palacio del Infantado de Guadalajara, sus estancias interiores quedaron en soledad. Las golondrinas y avioncillos que revoloteaban entre los vanos de sus galerías, fueron desapareciendo. El patio de los leones quedó en silencio. Años antes, la biblioteca, atraías a cientos de jóvenes a sus salas de lectura, situada en las mejores vistas a la llana campiña cuyo horizonte vislumbraba Madrid. Este hecho, había conseguido neutralizar los horrores que la guerra del 36, que casi llegó a destruir todo el edificio con un incendio. Pero hacía unos pocos años que la biblioteca fue trasladada al reconstruido Palacio de Dávalos, edificio adaptado de modo más funcional para ser útil como biblioteca. Ahora, de nuevo, el viejo Palacio del Infantado abrigaba la bruma de la soledad que todo lo envolvía. Sin libros, ni miradas de enamorados, sin novios que se fotografiasen por sus rincones, sin charlas de estudiantes. El silencio y la soledad avivó a los viejos grifos rampantes dormidos, y los demás animales representados en sus arcos de jardín mitológico, se tornaron más intimidadores. Por sus salas y pasillos, se volvió a sentir los lamentos y lloros de los huérfanos de militares que pasaron frío en sus instancias. Las gruesas paredes, ahora humedecidas, rezumaban formas diabólicas, como dibujos de almas que no descansaban en paz, como si las viejas intrigas y avaricias de los Mendoza y Luna, sus primeros moradores volvieran a resurgir. De nuevo, todo el gran edificio, trasmitía sentimientos malignos. Parcialmente, esta parte de la ciudad de Guadalajara, volvió a pasar al lado oscuro de la historia.

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