Caperucita era una niña guapa que quería mucho a su abuelita. Su madre se había enamorado de un hombre extraño al que llamaban “Lobo”: fuerte, atractivo y de vida solitaria en el monte. Un día en que la madre esperaba la visita de su amante; para librarse de su hija, y que esta no estuviera en casa estorbando e impidiendo satisfacer sus deseos, mandó a Caperucita llevar la merienda en una cesta a la abuelita, ya que supuestamente estaba enferma. La abuela vivía en una casa lejana en mitad del bosque. Por otra parte, viendo cómo Caperucita se hacía mayor y coqueteaba con Lobo, la madre sentía celos de los inocentes juegos que se traía Caperucita con su amante, dada su mayor belleza y juventud. Ese día la madre advirtió a la niña, que en el camino por el bosque, no se entretuviera con nadie ni nada. Caperucita, como estaba en pleno desarrollo y se sentía ya una mujer adulta, no obedecía los consejos y observaciones de su pesada madre. Así, con mala cara, se fue a casa de la abuelita, llevando la coqueta caperuza roja que le favorecía y la hacía mayor, y que no solía quitarse.
Al salir de su casa y entrar al bosque, se encontró con “Lobo”, el amigo intimo de la familia y especialmente de su madre, este le preguntó a dónde iba. Caperucita le contestó que a casa de su abuelita, ya que estaba enferma y le llevaba la merienda.
Entonces Lobo, que le gustaba más Caperucita que la madre, se ofreció acompañarla, pero Caperucita, en un arrebato infantil de coquetería incipiente, le propuso una carrera hasta la casa de la anciana. El astuto Lobo contó a Caperucita que había dos caminos: uno largo y otro corto. Chulescamente dijo que él tomaría el largo, para darle ventaja, pues él corría más. Así, ella podría ir por el corto, compensando la mayor velocidad. En realidad era al revés. La coqueta Caperucita, que no era tonta, también conocía todos los caminos de ese bosque. Tomó el camino largo a sabiendas, para hacerse esperar por Lobo.
Así las cosas, Lobo llegó antes a la casa de la vieja abuelita. Para que le abriera la puerta la abuela, que era muy desconfiada, El pícaro Lobo se hizo pasar por Caperucita, y con una voz de falsete aflautada, preguntó si podía pasar. La abuela pensando que era su nieta, le dijo: Entra, la puerta está abierta. Lobo entró y dijo “Sorpresa”. Después le contó que Caperucita le había mandado por delante, para que encendiera el fuego; y así, poder calentar la comida que ella traía. Cuando la abuela le acompaño a la leñera, Lobo tiró una pila de leña sobre la anciana, dejándola inconsciente y tapada por una montaña de troncos. Después, el muy sibilino sacó del armario otra ropa de la abuela, con la intención de hacerse el gracioso con Caperucita, haciéndose pasar por la pobre abuelita. Con esas pintas, se metió en la cama, esperando a Caperucita. Por el camino, tranquilamente Caperucita, se había perfumado, puesto flores en el pelo y peinado.
Cuando Caperucita llegó a la casa, Lobo desde la cama, le contó que su abuela se había ido a buscar ella sola la comida a la casa de su madre, y que tardaría. Entonces Caperucita empezó a quitarse la ropa, y con voz seductora, dirigiéndose a Lobo disfrazado de abuelita, le dijo: ¡Qué ojos más grandes tienes! El lobo respondió: ¡Para verte mejor! Después, Caperucita, resoplándole al oído dijo: ¡Qué orejas más grandes tienes! Lobo, que se estaba poniendo cachondo, contestó: ¡Para oírte mejor! Caperucita, levantó la sabana y dijo: ¡Qué manos más grandes tienes! Lobo no podía aguantar más, se abalanzó sobre Caperucita diciendo: ¡Para abrazarte mejor! Pero Caperucita le esquivó seductoramente y dijo: ¡Qué nariz más grande tienes! Lobo no podía más con sus ansias, se lanzó de nuevo sobre el sexo de Caperucita y dijo: ¡Para olerte mejor! Caperucita entre gemidos dijo: ¡Y qué dientes más grandes tienes! Lobo contestó: ¡Para comerte mejor!
En esto estaban, cuando apareció tambaleándose la abuelita, vio la escena de su dormitorio y dijo: ¡Lobo desvergonzado, también has seducido a mi nieta! ¡No te ha bastado haber pasado la noche conmigo! La abuelita y la nieta se lanzaron sobre Lobo con el atizador y el recogedor de cenizas. Le rompieron la dura cabeza lobuna y la columna vertebral, lo arrastraron hasta la leñera y lo cubrieron con otra montaña de troncos.
Al cabo de los años, el montón de leña que cubría a Lobo fue menguando de altura, sin que nadie usara esos troncos. Solo entonces, quemaron los huesos y el pellejo que quedaba. La madre de Caperucita se buscó a un cazador como amante. Finalmente la abuelita murió de vieja, y Caperucita nunca dejo de utilizar su caperuza roja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario