Qué cansado es dar una ojeada a uno mismo, verse en el
espejo, cuando somos eso: una máquina programada para sobrevivir, con ojos para
ver los peligros, pies para salir corriendo, manos para apartar los riesgos y
construir defensas, y cerebro para coordinar todo este afán fatuo de
sobrevivir. O quizás, duele reconocer lo
pequeño, inseguro y frágil que somos. “Mi mamá me mima” (La primera frase de
lectura de las emes), o no me mimó lo suficiente, y tiendo a marchitarme por la
fragilidad de mis ramas y raíces. Recuerdo la postura de espera con los brazos
extendidos de los niños y los árboles; esperando ser cogidos o regados. O la añoranza
de no tener a alguien a quien sostener; como la tristeza de una nube pasando
rápidamente sobre un desierto. O la felicidad del repiqueteo del aguacero al golpear la tierra seca... Todos pasamos por
los mismos caminos del deseo: abrazos dados, o recibidos, o ninguneados. Somos
eso, parte y continuación de otros; como el fruto originado por la semilla, y
el fruto madura que prende y vuelve a ser semilla. Si consigue, como dice la
parábola del sembrador: ser buena simiente y crecer fuerte, al haber caído en
suelo fértil. Por eso, ante el espejo y
sin caretas, es bueno constatar que la vida nos hace ser lo que somos, con pausas
entre abrazos, fuera: estamos perdidos.
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