2.6.14

Espejito, espejito...

Qué cansado es dar una ojeada a uno mismo, verse en el espejo, cuando somos eso: una máquina programada para sobrevivir, con ojos para ver los peligros, pies para salir corriendo, manos para apartar los riesgos y construir defensas, y cerebro para coordinar todo este afán fatuo de sobrevivir.  O quizás, duele reconocer lo pequeño, inseguro y frágil que somos. “Mi mamá me mima” (La primera frase de lectura de las emes), o no me mimó lo suficiente, y tiendo a marchitarme por la fragilidad de mis ramas y raíces. Recuerdo la postura de espera con los brazos extendidos de los niños y los árboles; esperando ser cogidos o regados. O la añoranza de no tener a alguien a quien sostener; como la tristeza de una nube pasando rápidamente sobre un desierto. O la felicidad del repiqueteo del aguacero  al golpear la tierra seca... Todos pasamos por los mismos caminos del deseo: abrazos dados, o recibidos, o ninguneados. Somos eso, parte y continuación de otros; como el fruto originado por la semilla, y el fruto madura que prende y vuelve a ser semilla. Si consigue, como dice la parábola del sembrador: ser buena simiente y crecer fuerte, al haber caído en suelo fértil.  Por eso, ante el espejo y sin caretas, es bueno constatar que la vida nos hace ser lo que somos, con pausas entre abrazos,  fuera: estamos perdidos.

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