El capitalismo es el descontrol de la condición humana, nuestro instinto depredador sin límites ni sabiduría. Antes éramos pocos, de vidas aisladas y limitadas, en un entorno de mundo infinito, como el sueño americano ante el nuevo mundo, lleno de oportunidades, aunque sólo fuera para unos pocos. Hoy, sabemos que somos muchos, que el mundo es pequeño y limitado, que en la forma que queremos vivir, casi ya no cabemos; que tenemos más capacidades, tentáculos y poder, pero menos conciencia. Si queremos perdurar como especie, el capitalismo tiene que desaparecer. Quizás debiéramos aprender de los grandes dinosaurios, que se convirtieron en pájaros, que limitaron su tamaño y su inteligencia, para poder seguir sobreviviendo. Quizás debiéramos reducir de tamaño: ser como hormigas, cabríamos mejor en este mundo y no maltrataríamos tanto a nuestro entorno. Ser conscientes como grupo, de nuestras limitaciones, es vital para nuestro futuro. Un cuerpo se muere por la inconsciencia de los gérmenes que lo matan, aunque detrás también vayan a la muerte. Hoy tenemos este comportamiento con la tierra, somos egoístas individuos virales sobre el cuerpo que nos sustenta. El capitalismo debe morir. No tenemos una mejor respuesta de convivencia, pero por el camino que llevamos: de capitalismo consumista desbocado, si no lo remediamos, nuestros hijos acabaran desbarrancados.
Los anhelos de lo cotidiano copian al mundo social el sueño último: la revolución, mimesis creada partiendo de lo natural inmediato. Construimos mundos ajenos revolucionarios como productos significantes de eventos y asuntos de infinitas posibilidades de ficción, aderezando con valores ideológicos que difícilmente engarzan con los eventos reales. Estos anhelos urdidos y revolucionarios, son híbridos liberadores de nuestras limitaciones humanas, que acabarán naufragando. Por estos construcots atribuimos propiedades a individuos: malos y buenos, pero la verdad no es calificable ni calificante, es incertidumbre. La revolución es el último sueño para cambiar la realidad, pero la experiencia es ruin, y no se ajusta al último sueño. Las comparaciones y evaluaciones entre realidad y ficción debe ser constantemente recentradas, con reflexión. La revolución como cosmovisiones intelectual, creada desde los anhelos, nos hace viajeros, y a su vez, al buscar una mayor solidaridad humana, nos libera, nos desata de lo real inmediato. La claridad es un proceso para discernir el dolor y la humillación de un universo roto, son miradas éticas que nos agrandan. La revolución es cultura, es arte, es vida que rompe las identidades y las semejanzas, pero siempre hay que sospechar de las revoluciones. Para que funcione su contagio: nunca domesticarlas ni manipularlas.
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