5.6.13

Oda


Oda negra, oda magra. Pena negra, pena pequeña: piedrecilla del camino, de varios caminos. Alma blanca, mirada clara sobre negro y blanco. Color, vida, hambre, sed y tiempo… Tiempo para dar, tiempo para mirar, ver y sentir. Tiempo arrojado al viento, a la luz, al agua. Sin tiempo, nada soy, nada valgo, todo sobra. Hoy es tiempo de dudas.

Cada tecla es un impulso invisible de espacios que forman palabras. Cada palabra es un ruego, un grito, un rugido, una mirada. Cada vida es un mundo, un destiempo, un cruce de caminos… un no sé qué. Y todo, y todos somos muchos, y no somos nada. Realidad y sueños: Verdad y mentiras, mentira y verdades, solo palabras.

22.2.13

23F en Madrid


El silencio no es democracia, el ruido tampoco, solo las palabras nos hace humanos.

12.2.13

Otra vez arte

Destrozar el arte es un ritual de arrebatos en un paisaje, es mirar de otra manera (Ver: http://hematocritico.tumblr.com/). Para muchos, equivale a hacerlo fuera del orinal o colorear fuera del circulo, o sacar o meter los pies en un tiesto. Las verdades saliendo de lo establecido, parecen argumentos circulares que se ven lejos de las buenas formas, como las que mantienen los elefantes que nos colonizan. La creación, como ente volátil monstruoso que sale de nuestra cabeza, no deben tener seguidores, ya que para los gustos están los colores. Pero la provocación es sí...¿es arte? Al menos, tiene que tener una sonrisa, una llamada: llamaradas de atención aterciopelada de picante. Cuando nos miramos unos a otros, no deja de ser un cruce circunstancial de miradas, muestras de vida y locuras, como la de dos gallos en un mismo corral: vínculos violentos entre emisor y receptor, pues sólo la muerte es cuerda. El lenguaje es un vehículo rico en matices y tonos, con formas aparentemente inocuas y sutiles, sin daños colaterales. El lenguaje aunque simbólico, es una intervención real fértil. Nada es casual: todo arte sufre el filtro del imaginario colectivo sobre la propia conciencia. Parce peculiar, pero no lo es, el arte, a pesar de ser una mirada no trivial, puede que no sea evolutivo.

23.1.13

Pensando en el futuro

El capitalismo es el descontrol de la condición humana, nuestro instinto depredador sin límites ni sabiduría. Antes éramos pocos, de vidas aisladas y limitadas, en un entorno de mundo infinito, como el sueño americano ante el nuevo mundo, lleno de oportunidades, aunque sólo fuera para unos pocos. Hoy, sabemos que somos muchos, que el mundo es pequeño y limitado, que en la forma que queremos vivir, casi ya no cabemos; que tenemos más capacidades, tentáculos y poder, pero menos conciencia. Si queremos perdurar como especie, el capitalismo tiene que desaparecer. Quizás debiéramos aprender de los grandes dinosaurios, que se convirtieron en pájaros, que limitaron su tamaño y su inteligencia, para poder seguir sobreviviendo. Quizás debiéramos reducir de tamaño: ser como hormigas, cabríamos mejor en este mundo y no maltrataríamos tanto a nuestro entorno. Ser conscientes como grupo, de nuestras limitaciones, es vital para nuestro futuro. Un cuerpo se muere por la inconsciencia de los gérmenes que lo matan, aunque detrás también vayan a la muerte. Hoy tenemos este comportamiento con la tierra, somos egoístas individuos virales sobre el cuerpo que nos sustenta. El capitalismo debe morir. No tenemos una mejor respuesta de convivencia, pero por el camino que llevamos: de capitalismo consumista desbocado, si no lo remediamos, nuestros hijos acabaran desbarrancados.
Los anhelos de lo cotidiano copian al mundo social el sueño último: la revolución, mimesis creada partiendo de lo natural inmediato. Construimos mundos ajenos revolucionarios como productos significantes de eventos y asuntos de infinitas posibilidades de ficción, aderezando con valores ideológicos que difícilmente engarzan con los eventos reales. Estos anhelos urdidos y revolucionarios, son híbridos liberadores de nuestras limitaciones humanas, que acabarán naufragando. Por estos construcots atribuimos propiedades a individuos: malos y buenos, pero la verdad no es calificable ni calificante, es incertidumbre. La revolución es el último sueño para cambiar la realidad, pero la experiencia es ruin, y no se ajusta al último sueño. Las comparaciones y evaluaciones entre realidad y ficción debe ser constantemente recentradas, con reflexión. La revolución como cosmovisiones intelectual, creada desde los anhelos, nos hace viajeros, y a su vez, al buscar una mayor solidaridad humana, nos libera, nos desata de lo real inmediato. La claridad es un proceso para discernir el dolor y la humillación de un universo roto, son miradas éticas que nos agrandan. La revolución es cultura, es arte, es vida que rompe las identidades y las semejanzas, pero siempre hay que sospechar de las revoluciones. Para que funcione su contagio: nunca domesticarlas ni manipularlas.