La capacidad de adaptación humana se ve reflejada en la evolución que ha sufrido las estructuras organizativas nativas como el Ayllu, ligado a un hábitat de reciprocidad, formando una cultura sedentaria e hidráulica, con sus conflictos internos de clases, limitados no tanto por conflictos externos de guerras, del más fuerte, del invasor, sino por las limitaciones geográficas que producen los Andes, obligando a aumentar la capacidad productiva, según teorías de Robert Carneiro, expuesto por Ted C. Lewellen; contrarrestando las teorías maltusianas del equilibrio demográfico. Estas comunidades andinas, históricamente han tenido que adaptarse ante fuerzas externas que trataban de imponer criterios intervencionistas y organizativos, generalmente más fuertes, pero sosteniendo su capacidad productiva. Realmente, esta organización es un sistema de protección de intereses colectivos para sobrevivir a un entorno hostil , utilizando la toma de decisiones ante sistemas multicausales en el tiempo, independiente de una autoridad vertical dominante, ya que las comunidades andinas se instituyen a partir de familias extensas. Hay que conocer la dureza del altiplano andino, donde se hace necesario el trabajo común para lograr producir alimentos en tierras de laderas. En el Entorno montañoso de Pisac se ven sorprendentes aterrazamientos de cultivos en andenes, restos abandonados y en uso actual, producto de décadas de trabajos colectivos en agricultura, utilizando abonos animales de auquénidos pastoreados en las alturas de las punas, con extensos canales de irrigación. Esto hacía posible mantener una población próspera, por encima de unas posibilidades poblacionales en laderas, sobreponiéndose a la dura orografía de estas montañas. Una estrategia de adaptación definida por Yehudi Cohen en culturas que se han ido sobreponiendo, estableciendo relaciones sociales y aspecto económico, economizando esfuerzos según la antropología económica; creando un fondo social ceremonial que les da cohesión. La propia orografía limita el tamaño del Ayllu y define la necesidad de mutuo apoyo para por subsistir en un hábitat tan duro. Ello ha obligado a fortalecer sus estructuras organizativas. A esto debemos añadir, el aislamiento que estas montañas producen, forzando a configurar y mantener durante mucho tiempo, estructuras estables y jerárquicas, en piramidales regladas; que ellos asumen como hereditarias, desde los principios de los tiempos, manteniendo esta estrategia étnica diferenciadoras, frete a grupos foráneos. Esta lucha activa, les da fuerza y estabilidad, y los defienden por encima de otros principios, inclusive religiosos, adaptándolos en formas, para permitir su continuidad. El Ayllu como estructura organizativa, mantiene los sistemas productivos basando la diferencia social interna por edades y en valores intrínsecos e ideas, según el esquema de Kluckhohn donde se ve la importancia de las jerarquías, desarrollado por Luis Dumont. Antropológicamente como los forrajeros, además lima asperezas entre los runas. Por otra parte, estos principio, benefician la convivencia con los gobernantes de turno externos; quienes la ven como ingenuas formas de actuación, tolerada como válvula de escape de un pueblo sojuzgado; ya fuesen incas o españoles o autoridades republicanas las opresoras. El Ayllu también es un sistema de convivencia que une, permitiendo sobrevivir y minimizando y enfrentar a los avatares producidos por las macro políticas estatales. El Wachu funciona como mundos paralelos internos y externos, de reciprocidad y control de las distancias; como también se describe en “Ventas y trueques en el lago Titicaca” de Benjamín S. Orlowe, donde señala hechos paralelos; como muestra la obra de Sahlins bajo su perspectiva culturalista, interesados más en el valor con relación al orden social, como un todo; como también lo presenta Gudeman, con una visión más substantivista, donde la percepción cultural marca el valor de los productos, objetos y actos, no dictado por el valor comercial del mercado. Además, en un largo periodo, el que va desde la conquista hasta la actualidad, han tenido el idioma, el quechua, como filtro separador de su identidad, ya que “el lenguaje es el último límite y tope de enculturación”, obligando a tener intermediarios que asumieran el papel de jerarcas o curacas para tratar con la transmisión organizativa externa, y que jugaban este doble papel organizativo; y que de manera natural, y aislacionista, suelen estar de parte del grupo en los que se sienten cabeza de león y no cola de ratón; como se ha demostrado en las constantes rebeliones indígenas del periodo colonial, contra el sistema de encomiendas, y el haber podido sobrevivir de espaldas a las instituciones oficiales del periodo republicano hasta nuestros días. Noam Chomsky marca la inutilidad de construir hipótesis sobre los fundamentos neuroquímicos últimos del lenguaje en la especie humana, pues las tres parejas del sistema de Levi-Strauss: la función y de la norma, del conflicto y de la regla, de la significación y del sistema, cubren sin residuos todo el dominio del conocimiento del hombre en su entorno cultural; sin embargo, la concentración cultural o su estado diluido, dependen de agentes externos, y el idioma participa y refleja este espíritu de formación. Hay momentos y lugares en que convergen circunstancias que lo hacen posible ambos flujos. Hoy, en Pisac por ejemplo, por el flujo comunicativo con la economía capitalista de mercado, conviven el dinero y el trueque (Daltón y Madra) ajustado a la ley de la oferta y la demanda; en un mercado de ONGs, turistas y tecnología globalizadora. Hoy estas comunidades están siendo empujadas a cambios culturales profundos. Está en ellos poder conservar sus viejas raíces representadas en el Wachu, como espíritu del Ayllu, de un sistema de reciprocidad equilibrada, como reacción, organizativa, que hasta ahora se ha ido manteniendo de forma hibrida, por el aislacionismo y por el abandono secular del Estado peruano del territorio interior donde viven; habiendo sido olvidados inclusive en su faceta económica tan peculiar para estos tiempos no comunitarios, reflejado en su modelo de trabajo, su capital humano, y su administración del tiempo. La toma de decisiones se fundamenta buscando la reciprocidad, y es una vieja concepción de valores, como lo muestran Mauss, Leach y el propio Sahlins en el intercambio de regalos esquimales.
Para comprender las situaciones de lugar en que se encuentran globalmente estas comunidades, hay que tener en cuenta la realidad política de Estado peruano, hasta hoy centrada en la capitalidad de Lima, el Perú civilizado ha sido y es Lima, el resto del país es territorio hostil y de colonización mercantil, el maniqueado mendigo sentado sobre el cofre de oro; como es visto por un Estado occidentalizado, defensor e impulsor de un sistema de privilegiados y privigiliadores, que busca someter por enculturación impuesta hacia una homogeneización territorial, amparados en los intereses de las corporaciones colonialistas modernas y desarrollas, a las que tratan de imita su modelo.
El Ayllu, y su evolución, el Wachu, es una organización anterior y local, poseedora de una estructura de carácter informal reglada, donde el parentesco conforma la estructura básica para evitar la confrontación interna de acceso al poder, expresado en el simbolismo ritual de los runas, en la organización del trabajo y actividades festivas colectivas, como la
pachamanca (comida comunitaria cocinada bajo tierra). Es interesante el planteamiento de Pérez Galán al revisar la adaptación que sufrieron los antiguos Ayllus territoriales de Pisac, manteniendo sus estructuras de organización, al no ser desarticulada su identidad, donde los curas doctrineros asentados sobre el cabildo castellano, estructuraban las cofradías para interferir en sus anteriores costumbres, pero no pudieron desmontarla del todo, los runas mantuvieron las viejas organizaciones, con alcaldes indios runas, junto con los de españoles: el misti (señores) criollo, origen del Wachu actual; pasando por las revueltas reivindicativas indígenas, como las de Tupac Amaru II del siglo XVIII, cuando perdiendo su carácter hereditario los cargos de alcalde, pasaron por un sistema de elección restringida. Despúes con
la República y la independencia, se transformó en un sistema electo libre. El Ayllu forma una estructura en grado de importancia, en función al número de almas que representa. Por otra parte, hasta hace muy poco, estaba las haciendas latifundistas, como sistema legitimado de apropiación de tierras, con sus indios incluidos, como colonos feudatarios de tipos: chacras, troperos, pongos; comandados por los: Wiracochas, administradores, mayordomos y mandones. La pugna entre indígenas y criollos terratenientes fue llevada al terreno político, conllevó al sistema de apadrinamiento. En los sesenta comenzó a formarse los sindicatos campesinos, asentándose la reforma agraria de 1968, reforzada por el gobierno militar del General Velasco Alvarado, presentándose populistamente, como el nuevo Tupac Amaru. Los nuevos sindicatos de campesinos, consideraban la estructura tradicional de Wachus, obsoletas y alienantes; en sustitución establecieron las Juntas Directivas Comunales. Los personeros y alcaldes comienzan a demandar, escuelas, postas médicas y negarse a prestar limpiezas gratuitas del pueblo. La reforma agraria ejecutada por Decreto-Ley, no cambió sustancialmente las estructuras organizativas gubernamentales anteriores, pues el analfabetismo permitió que los cargos directivos de las cooperativas agrarias se mantuvieran copados por los antiguos encargados de las haciendas, con las corruptelas y desorganización, llevándo a un empobrecimiento del territorio expropiado. En 1984 se desmorona los CAP, se atomizan las cooperativas, y redistribuyen, volviéndose a organizar por el sistema de Wachu, compuesto por los kuraq o ancianos respetables, quienes al haber ejercido un cargo en la comunidad, refuerzan los lazos de la comunidad según el calendario de actividades, siguiendo las costumbres de acción autocontenida, y paridad entre hombre-mujer, trasmitido para cada acto reglado, por acuerdo y aceptación del derecho y la obligación que conlleva cada cargo específico en cada periodo de la vida, con el respeto relacionado que da el estar participación activamente en la comunidad, y sentirse parte de ella, por reciprocidad asumida, como: misayoq, regidor, wifala, segunda, velada y el varajoq, similar ala práctica del potlatch de America del Norte, . La mujer, como socia económica juega con la dicotomía doméstico-público, tiene un rol complementario y obligatorio en el cargo. Las decisiones del cargo electo son conversadas con la esposa, y esta tiene el mismo respecto del cargo entre mujeres, sus opiniones no son públicas, pero si vinculadas al cargo del esposo. Un runa solitario no puede asumir un cargo relevante. Es interesante la capacidad de adaptación del Wachu a otras religiones de invasión lenta, como son los evangélicos, aceptada globalmente porque no perjudica a la convivencia, inclusive beneficia colectivamente, al desterrar el alcoholismo en los runas evangélicos. Otro nuevo factor perturbador es el cambio del sector de servicios, los comerciantes y artesanos ligados al intenso turismo en Pisac, que suelen mantener los cargos identitario, pero que ya no están ligados al trabajo tradicional de la tierra, entre este colectivo, el cargo está ligado al estatus económico. Por ejemplo, yo recuerdo de mi niñez, que los campos que rodean Cuzco estaban intensivamente trabajados, hoy están abandonados y su población se dedica a la fabricación de artesanía o a la mendicidad turística que es más rentable.
El universo simbólico y el paisaje están ligados en la percepción humana, las montañas y la naturaleza imprimen un carácter telúrico al runa, y al sentir colectivo, Este profundo sentir religioso-colectivo también se aprecia en pueblos como en el Tibet, rodeados de montañas o los Tuareg del desierto; no debe ser casual esta similitud sensorial, plasmada en religiosa, ante la sensación de indefensión sobre los elementos naturales que nos superan y sobrecogen. El runa busca sacralizar el suelo que habita, por temor a lo imprevisible. El Wachu cumple esta función, adaptándose dinámicamente a una realidad social y cultural cambiante, pero buscando una continuidad y una estabilidad de principios ordenadores en la naturaleza, reflejada en estructuras simbólicas ritualizadas, como: el calendario de fiestas, la fertilidad con la Pacha Mama, romerías y procesiones, danzas, usos y costumbres ancestrales, como el varajoq como autoridad instituida; e híbridos, como el santoral mestizo. El carnaval compensatorio a la autoridad divina e impuesta, como reclamo a lo humano-instintivo, en el juego de subvertir role de autoridad para mostrar la faceta animal del hombre (pre-wachumachus) y la renovación de cargos que normaliza y hace que todo vuelva a su cauce con la continuidad manifiesta ente el alcalde entrante y el saliente, que deben hacer "caminar bien a los runas de su Comunidad", como el ritual reglado de revisión de linderos en el día de comadres, y en otras comunidades, en la festividad que corresponda, marcando su esencia identitaria como: histórica, de linaje y territorial, y los tupay carnavalescos, como encuentros de marcaje externo y conocimiento de la comunidad vecina. El análisis simbólico de los actos comunales, permite entender la coherencia de estos rituales que configuran el microcosmos que configuran el Wachu. El qhatu, mercado indígena al que bajan a intercambiar y vender sus excedentes, y que entre ellos se torna más en trueque, similar a lo expuesto por Mayer, posibilitando también el intercambio de trabajos recíprocos, como debió ser en la época de los Incas, gobernados por la reciprocidad con sanciones morales. Hoy enturbiado este hecho por la proliferación de intermediarios, donde las municipalidades tratan de ordenar y reglamentar este comercio emergente, sólo cuando está ligado al turismo; creando zonas de mercados artesanales, pero no acordes con el viejo sistema de reapropiación social colectiva de los runas, como forma identitaria de Pisac. La contradicción está en tratar de buscar una autenticidad cultural para vender a los turistas, con tópicos como: núcleo cultural tradicional duro de quechas, como auténticos descendientes de los Inca y como actores y agentes de cambio social del Perú profundo, instituidos en el Valle Sagrado de los Incas. La discusión de la perdida de identidad y autenticidad, y quién se aprovecha de ella, está en el ambiente de cambio que ha llegado. En verdad, como único y verdadero testimonio inca, solo queda el paisaje y las montañas que son inmutables. El Wachu resiste como sistema político, ante fuerzas más poderosas externas, defendiendo los usos y costumbres, y como canales de reciprocidad negativa externa y negociación, y representación; defendiendo lo suyo frente a lo desconocido (hoy conformado por el turismo, el estado y el mundo global). La desigualdad persiste, ahora se acepta y utiliza la diferencia cultural como reclamo turístico. Estamos ante un producto híbrido, con un margen de aceptación que puede ir limando asperezas.
Como tema relacionado, traigo a reflexión el tema del poder y el consenso, pues muestra que es posible que estos pobres e incultos indios de Pisac, hayan llegado replantear el tema fundamental de la representación democrática (que hoy nos quita en sueño). El Wachu establece que el poder y la responsabilidad se debe distribuir por igual entre todos los miembros de la comunidad según edades, como acto necesario para diluir el poder y evitar cualquier deriva totalitaria, cualquier situación de abuso, permitiendo la participación y así, poder defenderse de una injusticia que el grupo puede estar cometiendo, tal vez sin advertirlo. Hoy vivimos la incapacidad de despegarnos del irrenunciable poder individual, que casi siempre mostramos en forma de poder “contra” algo o alguien, y no usamos el poder colectivo del Wachu que sería un poder “para” hacer algo en beneficio de la Comunidad. Hoy, en el otro lado del desarrollo moderno, actuamos por intereses más personales, inclusive a sabiendas de sus efectos claramente destructivos sobre el grupo y en último término también sobre nosotros mismos. El actual espíritu democrático nos pide ser flexibles, para modificar nuestras posiciones; y tolerantes, para respetar la de los demás. Diferente es el poder colectivo del Wachu que está o busca estar por encima del poder individual, pues los usos y la costumbre indican que lo mejor para cada uno de los runas, es la conducta que potencie la colectividad, ya que a la larga tiene consecuencias individualmente más beneficiosas, Todos como miembros respetables deben asumir, que para la vida en común e individual, es mejor la prosperidad y riqueza de la colectividad del que son parte, pues otra actitud intrínsecamente egoísta, puede incluso llevar a la destrucción de la Comunidad, y supone también un daño irreparable para cada uno de los runas como tales.