Puesto que no tengo respuesta de los dioses, seguiré pensando en los monstruos que nos creamos en nuestras cabezas, estos no se producen en vano, tienen la finalidad de dibujar los peligros desconocidos. Aun siendo irracional un temor, tiene una motivación: Interiormente buscamos fundamentaciones metafísicas a las fábulas imaginadas, examinando las fuerzas oscuras que mueven al universo desde el punto de vista de nuestra subjetividad. El Cogito que Sartre humaniza y aleja del hombre como objeto, embadurna de conocimiento y existencialismo a la otra cara de nuestro sentir humano, al reconocer a los otros con igualdad, hemos dado un paso más. Usando a los otros como factor de comparación y valoración de las verdades agudiza nuestra mirada, tenemos otro agarre más. El camino del cambio para pasar a poseer nuestra propia voluntad, ha necesitado tiempo y esfuerzo; han pasado muchas discusiones hasta llegar a ser asumida como propia del hombre, dueño y señor de su voluntad. Tuvo que llegar este siglo, después de dejar la interpretación de Nietzsche, como último metafísico, para que asumiéramos nuestra voluntad como valor único y propio; desenmascarando a los monstruos malignos que la cubrían. La frase de Heidegger “Solo un Dios puede salvarnos” ya no es necesaria. Pero el desajuste en la conciencia humana persiste, la lucha del yo interno: lo racional y lo crédulo deseado, persiste. El mundo moderno sin Dios es duro y hostil: ¿Quién ocupa su lugar? El hombre se ve débil para empuñar su propia ética. Será un camino largo, de fortalecimiento, para llegar a tener conciencia del poder que nos da el deseo de seguir viviendo.
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