Aristóteles se plantea cuáles son las tareas del poeta, comparándolo con el historiador; resaltando que lo que los diferencia no es la forma, púes ambos podrían ser escritos con métrica o sin ella, sino que la diferencia está en la intención y la razón de para qué se escribe.
Ambas son literatura y ambas tienen el principio filosófico de la búsqueda y descripción de la verdad o su aproximación: De distinto género, según su intencionalidad descriptiva, ambas buscan el arte y la excelencia; en el caso de la historia, hoy, con una aproximación científica, cosa que no se desprende de lo dicho por Aristóteles, ya que para él, la historia, contada por ejemplo por Herodoto, no pasa de ser un anecdotario de noticias no contrastables, y por tanto, no sometible al rigor del análisis. En cambio la poesía, considerada perenne, henchida de valores estaría, más cercana de la verdad filosófica y por ende, de la excelencia y dignidad.
Sobre este tema han corrido ríos de tinta de afamados autores. En esta disquisición, hay miles de horas dedicadas a profundizar en ella, buscando explicaciones con ópticas de lo más diversa. Yo sólo haré pequeñas anotaciones, por ejemplo: Muchos autores, consideran, en concordancia con la doctrina aristotélica general, que la poesía ocuparía una posición intermedia de excelencia entre la filosofía y la historia.
Por otra parte Todorov, Wellek Warren y Aguilar e Silva plantean que la poesía se aproxima más a un lenguaje autotélico, y tiene una definición estructural; en contraposición, la historia es más funcional, encuadrable en un sistema más amplio. Esta concepción lo refrenda el propio Aristóteles, al limitar la poesía a sólo “imitación verosímil”; eso sí, con amplia autonomía, pues le es permitido representar las cosas de tres formas: como eran, como se dice que se cree que son, y como deben ser. Pero en ningún caso como son en realidad. La poesía, para Platón rodea la verdad sin buscarla directamente, cosa que le atañe sólo a la filosofía, a la razón pura, ya que ella sola tiene competencias para representar cómo son las cosas en realidad y de verdad. La poesía se sirve de una lógica especial que le permite ser verosímil, convincente, no contradictoria y hasta necesaria para el alma como “catarsis” planteada por Aristóteles como acción connaturalizada de la imitación humana con el placer y los efectos beneficiosos que produce según la teoría freudiana: el placer estético como juego de sueños y fantasía aflorada, como desencadenamiento de los recuerdos infantiles y gestor del furor poético ligado a la personalidad del autor.
Pero ¿Dónde se queda la pobre historia?, relegada a sus componentes funcionales. Esto se pensaba hasta la llegada del marxismo, que bajó las ínfulas de la filosofía, remitiéndola al materialismo dialéctico, ahora ya sólo como conocimiento; y la historia pasa a ser justificación del materialismo histórico, tal como lo describe Lukács, primando la literatura realista que aclare los procesos histórico-sociales.
Pero la historia sigue teniendo su connotación relativista, según quién la cuente y cómo lo cuente, mantiene y busca su función cognoscitiva de la realidad objetiva, donde, gracias a Kant, sale reforzada con su visión de espacio y tiempo, como síntesis histórico-sistemática del acontecer y que debe y puede ser evaluado.
Para Luzán, la poesía es agradable, bella, edulcorante que instruye, contrario a la opinión de Platón, para él es falsa, inmoral y corrupta; en algún momento necesaria, pero dable bajo censura al común de los mortales.
La poesía, desde el punto de vista semiótico y su sentir comunicativo, sigue teniendo las características especiales que le atribuyó Aristóteles, ahora según Heidegger, como cosa confeccionada que se hace símbolo y también, según Lázaro Carreter, mensaje entre emisores y receptores, mantenida por Croce en su formalismo de la estética, ligada a la intuición y a la expresividad.
Hoy la poesía en todas sus facetas, además de producto que guía conciencias con su contenido ideológico no explicito, el mismo que Aristóteles vislumbró como mimesis y catarsis, ahora Lessing lo racionaliza como objeto de consumo, como crítica sociológica al arte según lo establecido por Robert Escarpit.
Aristóteles planea la dicotomía existencial entre lo social y lo individual, entre o universal y lo particular, que tantos cataclismos históricos ha traído al mundo, y que sigue produciendo. Del constante enfrentamiento del ser como ser único propio; y su situación ante los otros como ser social. Donde todo se entremezcla: la realidad y la ficción; la historia y la novela. Y para cualquiera de nosotros no es fácil discernir el límite en sus múltiples facetas humanas, en las que constantemente estamos obligados a posicionarnos. Walter Benjamín fue uno más que sufrió esta dicotomía, negando el arte al mundo pero buscando la utopia social, llevado por la realidad que le tocó vivir hacía la negación literaria, presentando una visión del futuro como sociedad del ocio y el consumo, de la democratización del arte. Fue un prolífero denunciador de la manipulación que se hace de la historia. Si hoy contemplamos esta dicotomía con carácter gnoseológico, podemos pensar que la ciencia es de lo universal, en contraposición, La historia trata de lo individual, como clase pero también de lo universal como interacciones ejecutadas entre esas individualidades, describiendo lo que pasó. Hoy la historia es una disciplina que quiere ser científica, desligándose de la sociología, pero al tener que tratar procesos parciales e inconclusos, no llega a cerrarse como ciencia exacta. La modernidad concluye con el marxismo, quien relega lo individual, colocando delante a las masas, por encima de los individuos. Aunque siempre necesita de individuos para su catalogo de héroes de su historias político-heroicas que como cabeza de rebaños sirven de guías, manipulación de dirigentes. Estas diferencias ideológicas se mantienen en nuestros días, con la misma disyuntiva aristotélica: entre el individuo y lo universal, repitiéndose en el fondo, el mismo problema moral que tenían los griegos, entre resaltar o desvanecer al individuo entre las masas. El Marxismo, al quitar al hombre su instinto de transcendencia lo cosifica pero no puede matar del todo esas ansias de transcender. La distinción aristotélica entre lo cualitativo y lo cuantitativo que el hombre va saltando en su devenir histórico, hace de la Historia una pseudociencia, con una metodología aproximativa según el momento, según la hermenéutica del momento que toca, balanceándose en sus apreciaciones, como el bien que no puede existir sin el mal; ya que siempre hay motivos y razones ambientales para posicionarse. El individuo es el único actor de su realidad y conforma su ideología, fruto de su yo como justificación empírica, y que en suma, junto al azar, conforman la historia personal. La Historia se puede justificar de dos maneras: desde dentro del personaje tipo, en concordia con el empuje del medio más común externo, o desde las circunstancias externas que se dan, para que los personajes broten y culminen en actuaciones de conjunto. La enorme distancia que siempre hay entre el yo y el otro, no es desinteresada ni banal, es donde se mueve la conciencia, la que define nuestra actuación dramática en la Historia. La información y el grado de conciencia colectiva que aporta el conocimiento externo, empuja a tener que tomar partido. Hoy vivimos saturados por el bombardeo de información global, llega a producir estrés y embota los sentidos de la conciencia, no sabemos que camino tomar, vivimos agazapados delante del televisor o el ordenador, paralizados y recibiendo el bombardeo informativo. Muchos pensadores ven un carácter cíclico en el devenir histórico, pero no es cierto, sólo aproximativo, lo que no está claro es que sea convergente o divergente. La Historia se mueve en el sentido espiral, la trayectoria humana sigue existiendo en un universo aislado, sin puntos absolutos de referencia. Aristóteles en su afán taxonomista, despertó nuestras conciencias, al fijar arquetipos, sembrando la duda ante posturas prácticas: Tener que pensar, decidir y posicionarse en temas que afecta a otros no es fácil. Tener que vivir buscando modelos que ejemplifiquen nuestras actuaciones, tampoco. Es una obligación moral ante la libertad que tenemos. Esto lleva a pensar al estagirita que la poesía por ser modélica y de héroes personales transciende hacia lo universal. Para el juicio aristotélico es más verdadera la poesía que la historia y por tanto más científica y filosófica. En contraposición está la visión estrecha de la historia con minúsculas, sin contrastar y por tanto mitómana que el estagirita veía.
Hoy los historiadores no lo ve así, tratan de resaltar lo contingente, como suma de actitudes de individuos que conforman un hecho histórico, sin juzgarlo (cosa arto difícil porque siguen siendo humanos, pero al menos lo pretenden), así tenemos a Popper, que tomando de Einstein la aproximación relativa a la verdad, busca la verosimilitud bajo leyes inventadas o conjeturadas, válidas mientras no sean refutadas. El historiador convive oscilando entre hipótesis deductivas a otras inductivas. También mira bajo el modelo epistemológico, usado por Gombrich, para acercar la percepción a la ilusión, según los teóricos de la Gestalt. Habermas lo desarrollaría aún más, clasificando la ciencia en tres tipos: empírico-analíticas, histórico-hermenéuticas y sociales. Permitiendo usar modelos matemáticos para clarificar conceptos de constatación sistémica, modelos que hoy día, con herramientas de inteligencia artificial son simulables. Habermas establece la hermenéutica como fracción de la metodología aplicable a la Historia, como parte de las ciencias naturales, denominándolas: empíricoanalíticas, con sus limitaciones, al ser inocentemente objetivistas. Para él la Historia, como ciencia, tiene sus propias limitaciones, al crearse el historiador una imagen de mundo en donde tiene sentido el texto que estudia, es la dialéctica critica al propio método analítico, también a la hermenéutica, al sustentar toda crítica en el entendimiento del mundo desde una sociedad dada. Es necesario pasar por una fundamentación ética desde el lenguaje, en particular, a partir del hecho mismo del lenguaje. La moral está fundada en la estructura del lenguaje mismo, supone una voluntad de entenderse, se proyecta como comunicación, cuyos aspectos ideales podemos reconstruir. La comunicación ideal aparta toda posible mutilación sistemática de la propia comunicación, sólo entonces, se aprecia la característica del valor, no represivo, del mejor argumento, la comunicativa directa, en su anticipación como forma de diálogo, incluye: la verdad (veracidad), la justicia y la libertad. La hermenéutica así entendida como base de la moral persigue un interés emancipativo. En esta aclaración el poeta y el historiador, además, obedecen al principio de causalidad, como principio fundamental que la ciencia tiene, ligado al otro principio: la aleatoriedad sin distorsión. Aristóteles afirmaba, que los principios no se demuestran: o son evidentes o son principios aceptados por la mayoría, al menos por los más sabios. También Descartes buscó principios evidentes, ya que veía que ni la causalidad, ni la legalidad, son principios intrínsecamente evidentes. Uno y otro requieren ir más allá de la experiencia para ser confirmados como principios. Así, los principios filosóficos pueden ser hipótesis. Hipótesis confirmadas por la experiencia, pero las hipótesis fundamentales son aceptadas por la investigación científica y filosófica, si y solo si no presentan contradicciones. La Historia quiere utilizar esto principios científicos. Pero el hombre en si mismo, es portador de factores distorsionadores que hace que la causalidad tenga componentes conformadores, genialmente obedeciendo a la entropía humana que busca el mínimo esfuerzo, concentrando poder y teniendo siempre como comparación la moral del observador. Este hecho limitante no lo tiene la poesía, esta solo requiere verisimilitud y forma, no requiere hipótesis sustentadoras: tiene que ser validada por el propio hombre, aunque no se vea afectada por el positivismo lógico y la filosofía del lenguaje ordinario. Popper sostiene que las diferentes modalidades de la filosofía analítica tienen por finalidad aclarar el significado de las proposiciones, y esto afecta a la poesía; sostiene que en la poesía hay problemas de contenido que afectan a la proposición, pero no son refutables. La poesía lejos de su propia lógica, no es refutable, tampoco por ello es significativa, la ley de no contradicción hay que buscarla en si misma y siempre bajo una óptica determinada, cosa que no ocurre con la historia que tiene que mantener una coherencia interna y externa. El sujeto al conocer o descubrir la poesía o a la historia, no se convierte en un sujeto pasivo, su opuesto no es sustentada por ninguna psicología actual. La falibilidad figura en la ciencia empírica como un elemento constitutivo de su propio carácter, y a ella se tiene que ajustar la Historia, pero no necesariamente la poesía.