La emoción del tiempo no es lenta, ni rápida; el tiempo no es sino una cadena de gestos que van pasando sin volver atrás. En esta vida solo tenemos un tiempo limitado y lo desaprovechamos en fútiles cosas. El tiempo no se detiene, decae y se eleva con la percepción de haberlo desaprovechado, pero sigue a su ritmo imparable e impecable. El espacio y el tiempo es lo único que tenemos en esta vida. En estos momentos somos concientes de que ya no queda tiempo, hemos perdido parte de la vida haciéndonos inútiles. El tiempo es nuestro y de nadie más, el espacio no tiene dueño. El tiempo está lleno de silencios y el espacio de horizontes. Silencios en movimiento, acercando y alejando cuerpos. El espacio y el tiempo es lo único que nos une, une a los mortales, nos iguala en unidades degradantemente mortales y temporales. Somos lo que somos por los silencios, silencios perdidos entre velocidades. Y fluimos hacia la muerte, hacia la gravedad del tiempo, esa losa del espacio que vuela y se escapa sin que podamos evitarlo. El tiempo y la nada son hermanos, pero no se tocan. Se ven, pero no se sienten. El tiempo va cayendo con la noche, y el espacio se hace noche. Luego la nada nace y renace transformándose en tiempo sobre un espacio. Tiempo que no existe, espacio que no sentimos. Si pudiera tallar el tiempo en una lápida, si pudiera rozar la inmortalidad…de que me serviría la vida. Mal me pese, gracias al tiempo la vida fluye y muere… y continua, es. Luego quedará sólo el silencio en el horizonte, como cuerpo descompensado, arrastrando en su caída la losa del tiempo finito que caerá. Ojalá que caiga como leves hojas de otoño, tapando y enterrando mi cuerpo mortal sin hacer ruido, para que en silencio, el tiempo se burle en el horizonte.
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