La lentitud se empieza a apreciar con los años, pasando del deprisa al despacio. En la juventud es fácil caer en la tentación de la velocidad, de querer llegar a todo, a todas partes, de no perderse nada. Con los años y la experiencia, empiezas a distinguir lo realmente importante, de lo urgente; y desechar lo accesorio e inútil. De planificar con mesura, evitando los imprevistos estresantes. Se nota en los ancianos, que al acercarse la muerte, valoran más la importancia de las relaciones humanas en sus vidas: los sentimientos, las sensaciones simples, las amistades pausadas y reflexivas, no les importa tanto repetirse si están a gusto. Otro hecho importante, es aprender a utilizar la soledad, poniéndola a nuestro favor. La soledad puede ser una cruz o un bello camino, pero hay que saber convivir con ella y sacarle provecho.
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