Para algunos, una historia de amor, es como un cuento; donde el autor juega, cruza y presenta sentimientos de personas que se desean. Pero las historias de amor, nacen de las soledades encontradas. Son islas o remansos de paz temporales, que lo decide el azar, y que las que son profundas, nunca se olvidan. Pocas perdurarán en el recuerdo de sus protagonistas; y otras, muchas o pocas, las intrascendentes, pasarán sin pena ni gloria.
Voy a contar una historia ocurrida, o inventada, qué más da, en 1970, en Filipinas: Se trata de Marcos Tagalog, un joven, que gracias al esfuerzo de sus padres, marchó a Manila a estudiar derecho. También había recibido la ayuda de una beca, conseguida gracias a sus propios méritos académicos. Se había matriculado en el primer año universitario, y había empezado el curso con ahínco. Mantenía la fijación de terminar lo estudios lo antes posible, y de esa manera poder aliviar la presión económica que él representaba para su familia. Soñaba con compensar, a través de su esfuerzo, a las esperanzas que sus padres y hermanos, habían depositado en su persona. En un futuro no muy lejano, Marcos ayudaría a salir de la pobreza relativa en que vivían sus padres. Y digo relativa, ya que su familia era considerada, por los demás vecinos de su aldea, una familia campesina desahogada.
Por recomendación de sus padres; y en especial, por la insistencia de su madre, a los dos meses de haberse instalado en la capital, se le había impuesto la obligación de visitar a una vieja amiga de juventud de su madre. Una mujer considerada como una hermana de la infancia por ella. Era una visita que no podía dejar pasar. Así, la mañana del tercera sábado después de su llegada, cuando ya tenía todas sus necesidades básicas resueltas: pensión, papeleos, matrículas y demás temas de su adecuación al funcionamiento en la capital. Y obviamente, por ser sábado, no tenía clases. Encontrándose aburrido, sin nada especial que hacer: decidió que había llegado la hora de realizar la tal visita pendiente, la que le había recomendado su madre con insistencia, y la que de vez en cuando, le volvía a recordar por teléfono.
Se puso sus mejores ropas - que tampoco eran para mucho lucir-, y se encaminó a la busca de la amiga de infancia de su progenitora. Tras pasar media mañana indagando por la dirección que su madre le había escrito en un papel, dio con la casa donde se suponía que vivía. La vivienda estaba en un barrio de las afueras de Manila. Se trataba de una pequeña casa de una única planta cuadrada, en medio de un jardín que no era pequeño, pero tampoco excesivo. La parcela tenía cierta autonomía vecinal, gracias a los cuatro árboles frondosos y verdes, perfectamente aclimatados e integrados en el paisaje tropical que lo rodeaba, que tanto afecta al ánimo de las personas en estas latitudes. Se trataba de un banano, un aguacate, un abacá y una palma brava. Cada uno de estos cuatro árboles estaba situado en el centro de cada una de las cuatro paredes de la casa, y equidistantes de la valla. A la parcela lo limitaba y rodeaba un seto vegetal de evónimos de poca altura. Una puerta verde, de madera, permitía el acceso a la entrada principal. La casa estaba pintada de blanco, con tres amplias ventanas, y tenía un tejado a dos aguas, de tejas rojas, una más de tantas que abundan en la zona. Desde la entrada, la vivienda se veía tranquila, nada que ver con la vida bulliciosa que últimamente a Marcos le había tocado en Manila, donde todo era un caos en las calles, y en los edificios altos, en las avenidas destartaladas. En parte, esta casa, le recordaba un poco a su propia casa familiar, aunque esta era de unas dimensiones menores.
Tras cruzar la puerta, y después de colocar el pestillo, levantó la vista y se encontró con unos grandes ojos negros, que increíblemente, miraban fijamente. Una muchacha de pelo negro, aun con uniforme escolar, de unos quince años, - según dedujo por el uniforme gris que portaba, aunque ella parecía de mayor edad- se grabó en su retina. Era evidente que se disponía a salir. Este fue el primer encuentro que tuvo con Adriana. La mirada de la muchacha se clavó en la de Marcos, con una fuerza increíble; llegando a donde ninguna otra antes, nunca había llegado. Y esa mirada, desde entonces, permaneció grabada para siempre en su memoria. Marcos Tagalog claramente, comprendió, o sintió, o vislumbró, a partir de este hecho casual, lo que debía ser el amor. Después, sus vidas se cruzaron unas cuantas veces más, sin consecuencia alguna. Adriana, en el momento del cruce de miradas, tuvo una reacción similar, pero creo que de más baja intensidad.
Por circunstancias de la vida o cobardía, nunca hicieron realidad su amor, pero aquel instante fue un recuerdo que ambos, arrastraron toda la vida. Y seguramente, también condicionó a las decisiones que tomaron en sus respectivos futuros. Nadie llegó a conocer aquel momento. Sólo ellos dos sabían de este momentáneo, y pequeño pero trascendente hecho.