
Viajar para conocer siempre es un placer. Y si se puede viajar con tiempo, uno ya no es un turista, es un viajero, pasa a la categoría de conocedor del mundo. Pero vivimos condicionados, limitados por otros. No somos libres para utilizar nuestro tiempo a nuestro gusto. Desde luego, el mejor viajero es el caminante, cada paso es un soplo de vida. Si eres rico en tiempo, viaja caminando, es lo más natural, para ello fuimos hechos.
Desgraciadamente esta vez, he estado condicionado por el tiempo.
Por otra parte, quería conocer la experiencia de viajar a lomos de una bicicleta,

que también le coges cariño.

Viajar en bici, no tiene la dimensión del caminar, se pierde mucho tiempo mirando la calzada, hay que estar pendiente del equilibrio. Pero tampoco está mal, permite sentir al viento y la velocidad. No molesta ni agrede al entorno. Quizás se pierde un poco la contemplación del paisaje. Las distancias recorridas se multiplican por tres, en consecuencia, miramos tres veces menos.

Pedalear es duro, se pide más esfuerzo al cuerpo, se hace más ejercicio y se acaba antes.
Comencemos el relato: Fuimos tres mosqueteros en cabalgaduras modernas a pedales: Domingo, alias Chomi; Luis de Aineto, Luis a secas, sin alias; y yo, creo que sin alias.

Como en todo viaje, es muy importante llevar un cuadernillo y lápiz, así que a partir de ahora, sacaré relatos de lo escrito en mi viejo cuadernillo de tapas negras “Moleskine” y pegaré alguna foto para que limite un poco la imaginación, para haceros bajar a la tierra real del pedaleo. Otro encanto de llevar mi viejo cuaderno, es que puedo releer viejas historias, emociones impresas de primera mano, y reírme de mi mismo.

Todos los Caminos de Santiago son únicos, diferentes e irrepetibles, aunque los recorras cien veces, nunca es igual, porque depende mucho del estado de ánimo, del momento en que te encuentras cuando lo haces. Pero esta ruta de la Vía de la Plata, además, es la más agreste; casi salvaje. Es como si nos transportáramos en el tiempo al pasado. Toda la información histórica y más, la podéis encontrar en Internet, no insistiré en ello, sólo contaré mis impresiones, las que anoté cuando no era preso del cansancio.
Recorrer este viejo camino romano al principio de la primavera, colma los sentidos visuales y olfativos: El cielo azul salpicado de nubes da una luminosidad soberbia sobre el verde de las dehesas, Por todo el sendero se siente miles de aromas vegetales que debe remover nuestro viejo instinto nómada.

La ruta está salpicada de ganado adaptado a cada ecosistema: Piaras de cerdos descansado bajo los alcornoques y encinas; caballos rumiado en los prados; terneros, toros y vacas mirándonos desde sus pastizales; rebaños de ovejas balando, cruzando con su pastor, a las que hay que esperar a que nos dejen pasar.

El camino es duro, hay mucho canto rodado, baches, pérdidas de camino, surcos longitudinales, torrenteras, pendientes en las que no te queda más remedio que echarte la bici con las pesadas alforjas al hombro. Además, te pasas los días abriendo y cerrando variopintas cancelas de fincas para que no se escape el ganado, y supongo que, para que no se mosqueen los dueños.

Hay que buscar y seguir las flechas amarillas, que a veces están medio escondidas.
Llegamos a Sevilla el 1 de Mayo, de madrugada, todavía se veía a mujeres con sus trajes de colas estampadas pasar por las calles, con ojeras y el rímel corrido, yéndose adormir. La primera etapa es huir de la ciudad hasta Almadén de la Plata.

Salir de cualquier ciudad en bicicleta siempre es complicado, tienden a mandarte por autopistas, y no están bien señalizados los caminos sin coches, los que son ideales para los ciclistas. Sabíamos que teníamos que recorrer el margen del río Guadalquivir; pero en la penumbra matutina, casi de noche, nos fuimos hacia el mar, hasta toparnos con la Torre del Oro, donde nos dimos cuenta que íbamos en sentido contrario. Vuelta a empezar; pero fue un buen punto de partida: Nos esperaba un intrepido viaje: desde la Torre del Oro de Sevilla, hasta el Palacio Arzobispal de Astorga diseñado por Gaudí. Más de medía España en historia y en distancia.

Primer pinchazo, cerca de Guillena; por salirme del camino, al querer evitar mojar y embarrar mi flamante bicicleta, por culpa de un arroyo que se nos cruzaba. No voy a contar más histórias sobre pinchazos y reventones, pero tuve ocho en todo el viaje. Llevaba unas nuevas cubiertas livianas, pero por ello; de poco grosor para estos caminos (así que recomiendo para esta ruta, ruedas sin cámara o cubiertas gruesas). Moraleja: Es más sano mojarse y embarrarse, que tener que parar para cambiar cámaras y arreglar pinchazos.

Pedaleando cruzamos parajes de sierra y dehesa hasta Castilblanco de los Arroyos. Atravesamos el parque del Berrocal, una pasada de vegetación; la jara y su explosión de flores blancas estaban en su apogeo.

Ojo al final de la etapa, tiene una cuesta muy dura. Como anécdotas contaré que nos perdimos las ruinas romanas de Itálica, por tempraneros. Otra fue que, por no estar acostumbrado a llevar los pedales enganchado al calzado, me caí suavemente tres veces, pero dolía, sobre todo en el orgullo. Al ser la primera etapa, no la hicimos larga, sólo setenta kilómetros, alguno más ya que nos perdimos. Aún así, acabamos molidos y doloridos, pero gracias al cielo azul que nos acompañó, fue una etapa memorable.

3 de mayo, ayer no pude escribir porque pedaleamos muchos kilómetros: Desde Almadén de la Plata a Villafranca de los Barros, unos ciento quince kilómetros. En Villafranca no encontramos alojamiento. Parece ser que había una boda importante y no había plazas ni en hostales ni en el hotel. Así que comimos a la hora del partido entre el Madrid y el Barsa, en una terraza sin gente, todo el pueblo estaban metidos en los bares o en sus casas, pendientes del resultado. El camareros que debería atendernos con más frecuencia, no se le veía, y cuando aparecía, nos miraban como si fuesemos marcianos. Pensaría: ¿Por qué estos lunáticos no están mirando el televisor? ¿O no?, porque estaría pendiente del futbol. La terraza donde cenamos, estaba en una bonita plaza, junto al ayuntamiento y una iglesia. Comimos con ganas, (en el camino siempre se come con ganas) ya que desde la mañana sólo andábamos con un bocadillo y una cerveza en el estómago, eso sí, un bocadillo de jamón ibérico, que por esta zona lo anuncian mucho, pero que no lo regalan, nos costó 18€ los 200 gramos.

Las calzadas por la que anduvimos, supongo que romana, tenían muchas piedras, ayer tuvimos otro reventón por saltos de cantos. Después de cenar y conocer el resultado del partido, porque Luis, aunque no lo parece, es un afisionado del Madrid; salimos del pueblo, y a unos dos kilómetros, nos metimos entre un olivar y un viñedo, sacamos nuestros sacos y dormimos como unos venditos. De mañana hizo algo de frío, pero pedaleando con ritmo pronto entramos en calor. A las doce ya estábamos en Mérida, donde visitamos las ruinas del teatro y anfiteatro romano, como siempre lleno de turistas.

Salimos a medio día hacia la presa romana de Prosalpina,por unas carreteras estrechas y peligrosas, la pasamos, entramos en una zona de caminos arenosos, donde suponemos que se filtraba el agua que abastecía esta presa y la ciudad de Mérida. Estos romanos hacían buenas construcciones y con cabeza. En la tarde llegamos a Aljucén, donde pensábamos comer, pero resulto estar el pueblo muerto, como esos pueblos que salen en las películas del oeste hechas por italianos. Resultó que justo ese día, se había ido todo el pueblo de romería. Después de dar vueltas y vueltas buscando una alma viviente, nos topamos con un vecino (debería ser la oveja negra del pueblo) quien nos contó lo de la romería y nos abasteció de agua. Así, enfilamos hacia Alcuescar, donde casi nos pasamos del pueblo de la marcha que llevábamos. A la salida del pueblo, desde un edificio estraño, que parecía un faro; nos hizo señas un hombre, que resultó ser el amable hospitalero vasco de albergue religioso de la “Casa de Beneficencia de los Esclavos de María y de los Pobres”, este hospitalero nos contó el trabajo que hacen esta congregación con personas minusválidas y desamparadas de la zona, todo funciona desde la óptica religiosa cristiana que es de agradecer para los tiempos que corren.

Nos invitaron a cenar una cena formidable, de las mejores que hemos tenido en el camino, dormimos pronto, como corresponde a unos peregrinos.

Temprano salimos para Cáceres, donde nos tomamos unas fotos junto a las estatuas y monumetos. De Cáceres impresiona sus murallas y viejas casas; como teníamos tiempo, llegamos a dormir a Cañaveral.

Ya no tengo nada más en el cuaderno, y es una pena, porque pasé y nos pasaron muchas cosas. Vimos muchos lugares, a cual mejor, que todavía retengo en mi cámara y en mi memoria:

Puentes,

pueblos,

Salamanca...
Pero el cansancio y la falta de tiempo, hicieron que no escribiera más. Lo siento, un consejo os doy: Vosotros hacer el camino andando y con papel y lápiz.

Sólo diré que llegamos el viernes 8 de mayo a medio día a Astorga, comimos un suculento cocido maragato, y en la tarde cogimos el autobús hacia Madrid. Luego el tren a Guadalajara y llegamos pedaleando, ese mismo día, de noche, con los frontales y las luces de seguridad, a eso de las doce, al pueblo, a Fontanar. Fin del viaje. Nos quedaba el fin de semana para descansar y prepararnos para la vida convencional del trabajo díario y las obligaciones asumidas. En resumen. Viaje duro, corto, pero reconfortante. Como muchas veces en la vida, nos faltó más tiempo para disfrutarlo. La canción dice: “Tres cosas hay en la vida: Salud, dinero y amor” y yo añadiría pero siempre nos falta tiempo.