16.11.09

Palabras Reales:

Los tornillos que deambulan por mi casa, a veces encuentran su sitio; si no, descansan en la caja de “tornillos varios”. Recuerdo especialmente uno, que primero sirvió de sujetador de toallas, después, de cortinas, y finalmente de tornillo de estantería; luego le perdí la pista… hasta que un día, me lo volví a encontrar debajo de la cama.
Es curiosa la vida tornilleril: algunos esperan años para tener un uso adecuado a su naturaleza, y otros, tienen una vida rica y ajetreada en utilidades; en eso se nos parecen: Unos hacen siempre la misma vida útil y rutinaria; otros, no paran de tener aventuras y contratiempos. La diferencia con nosotros, los humanos, es que, nos, acabamos convertidos en polvo; en cambio, la mayoría tornillera, como parte de la plebe que son: o desaparecen y son tragados por la tierra, o son refundidos en metales reutilizables, y vuelven a compartir átomos con otras estructuras metálicas. Si no, esperad al paso del tiempo y lo comprobaréis. En cada momento, la vida suena como un canto de sirena, o el murmullo de las olas; y en otros, como los crujidos de una escalera mecánica mal engrasada, que no tienen por qué ser desagradables.

2 comentarios:

Pierre Miró dijo...

Muy bonita la sociología de la vida cotidiana. Por cierto, y los tornillos que se nos escapan a los seres humanos, ¿dónde van?

Dañosa dijo...

Los tornillos que se nos escapan de la cabeza a los humanos, van al mundo de los sueños y las pesadillas. En las pesadillas, se enroscan como serpientes atenazando nuestros recuerdos. En los sueños, se transforman en hojas amarillas que caen haciendo cabriolas, o volando, empujadas por el viento, viajan hasta encontrar un suelo que las sustenten y cobijen, donde quedan prendadas en un manto otoñal, que es lo que ahora toca.