29.10.09

Otra vez la caza

Todos los años ocurre lo mismo, llegados a esta época, se vuelve a oír los tiros por el monte. Las tradicionales cacerías comienzan. Como todo lo que se repite, todo está regulado bajo la costumbre: los permisos, las fechas, los cotos, las piezas, la forma de cazar, Se procura que todo siga siendo igual, la tradición manda. Viene de viejos hábitos, se educa para ello, se mantiene y potencia para que siga la historia.

Pero qué es lo que empuja en pleno siglo veintiuno a conservarlo como hábito, deporte o entretenimiento. Y que tanto juego de prestigio da y mueva tanto dinero. Creo que el sentir el poder, el poder en estado puro que aprecian los cazadores, con todas sus implicaciones: sojuzgar, hacer valer la fuerza personal, la maña. No se caza para comer, ni para ganar riquezas o prestigio; se caza para imponer por la fuerza, de la que el cazador es conciente que tiene de más, una práctica para ser utilizada sobre otro ser más débil. Me imagino que los violadores y los agresores de género deben sentir el mismo placer. Para mucha gente, las ansias de poder hay que ejercitarlas. Creen que es como un músculo que se puede perder por falta de ejercicio. No es bueno que en el clan salgan vástagos débiles, sin ansias de poder, seres escuálidos y escuchimizados; carentes de esta fuerza instintiva que nos pone por encima de los demás. Para eso está la caza, para hacerse valer ante los seres inferiores.

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