La vela arde,
la vela vela.
Las agujas del reloj
también velan.
Corcel del tiempo
no toques su mirada,
que ella duerme.
Sueña con alazanes,
tiovivos de su vida,
lejos la llevan,
por paisajes y colores.
Tiernos brazos a caballo,
galope de calores seguros,
lejos del viejo invierno.
Calla, no la despiertes,
duerme la bella
dueña de mi alma.
Sólo un ramo de luz
en su pelo.
Ni un suspiro,
ni un mal respiro,
sueña la calma.
Vuelos preparadores de muertes,
el viento late en la negra noche,
con duro corazón se arremolina.
Cruje la tormenta aciaga.
No os acerquéis a la ventana.
Fuera las sombras se arremolinan,
se encojen, se agrandan, palpitan…
las mecen fantasmagóricas farolas.
Y sobre las rocas agrestes,
mil formas aparecen.
La saña de la noche golpea
detrás de los cristales, golpea
profundas negruras, golpean.
Atadas a las tinieblas.
Oscuridades de rasgos siniestros
forcejean sobre abismos siderales.
Luminarias resplandeciendo sobre espejos.
Vientos violentos, destellos y chispas,
redoblan truenos y relámpagos.
Pero en la placida cuna,
mi niña su sueño duerme:
Celeste cielo en mañana soleada.
De tanto remolino y tormenta mojada,
queda el grato olor a hierba cortada.
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