La bicicleta ha pasado a ser parte importante en mi vida, tan próxima como mis zapatos, como la ropa que uso; una extensión más de mis extremidades. Le he puesto un nombre simple y común: “Manuela”. Es azul, tiene el manillar y los guardabarros plateados, un sillín de cuero, de los antiguos, que le da un aire como añejo y fuerte. No le falta nada, tiene luces, retrovisor, cambios; tampoco le sobra nada, no escandaliza, ni asusta, ni da miedo. Me es fiel, no me suele fallar, sólo algún pinchazo y no por culpa suya. Como todas las bicicletas no es complicada, sólo requiere un poquito de cariño y algo de grasa en la cadena. Me gusta tenerla limpia, ella agradece que infle sus ruedas y así, devolverle un poco del aire con que llena mis pulmones.
Antes de tenerla, la calle era mi enemiga, la ciudad estaba llena de agresivos motores. Como tantos otros, yo era un conductor enlatado, belicoso, nervioso, angustiado y con remordimientos por la contaminación y el humo que producía mi coche. Tenía una vida de desplazado bastante infeliz, debía de enfrentarme cada día al tráfico y a todos los imprevistos que planteaban las demás personas enjauladas en sus vehículos.
Un día, gracias a un viaje por la vieja Europa del norte, vi la luz; descubrí que existían ciudades diferentes, donde la gente se desplaza sin hacer ruido, sin atascos, sin correr como locos. Y soñé, soñé que en un futuro próximo, en la ciudad donde vivo y resido, podría ser como aquella otra visitada. Al regresar, y encontrarme de nuevo con sus atascos y ruidos, volví a caer en el agobio de las la prisas. La tristeza de tener que volver a coger el coche me inundó. Pero las penalidades prejuzgadas no siempre se cumplen; la magia se produjo, mis seres queridos más próximos, sintieron mi añoranza y melancolía, hábiles ellos, me regalaron la maravillosa bici que después llamaría Manuela. Desde entonces mi vida cambió, empecé a desplazarme en esta máquina dócil y liviana, a sentir la alegría de su compañía, a revivir, como cuando era niño, la suave velocidad de su movimiento. El poder ir a todas partes en mi flamante bici me colmo de felicidad, un nuevo espíritu afloró en mí. Así, finalmente, decidí abandonar al cuadrúpedo humeante, pesado y ruidoso vehiculo de motor. Ahora disfruto con calma cada pedalada, siento su rodar acariciando el asfalto; mi bicicleta apenas hace ruido, y me permite ver las viejas conocidas calles de esta ciudad con otros ojos; ojos de vuelo rasante. Ahora las distancias se me hacen cortas, alegres, divertidas. Llego a todas partes con otro aire, aprendo nuevos entresijos de esta ciudad que ya no es la misma, ahora es otra. Me invento caminos, descubro paisajes urbanos desconocidos. Siento y miro las nubes pasar, a mi misma velocidad, rápidas e imperceptibles. Agudizo los sentidos: la brisa en la cara, el estremecimiento de la calzada en mis manos, el susurro de los rodamientos, el ronroneo del pedaleo, mis ojos registra imágenes en movimientos anteriormente nunca vistas; nítidas, fugaces, distintas. Y mi cuerpo flota ligero, en el mágico equilibrio de sus dos ruedas.
Cuando ahora, de mañana, voy al trabajo, siento todas las miradas del barrio sobre el dúo alazán que formamos. Al pasar cerca de las zonas de los colegios, veo a grupos de chiquillos que caminan arrastrando con frío sus enormes mochilas. Al verme, muchos detienen sus conversaciones, sus miradas nos siguen. Y con la naturalidad y la admiración que les caracteriza, alguno se atreve a decir: “Pero que guapa que es tu bici”. Entonces sonrió y saludo cortésmente, henchido de orgullo.
Por el camino también hay ojos que emiten rencores, miedos a lo diferente, estupidez y sinrazón. No me importa, no me ofenden…ya cambiarán cuando vayan quedando en minoría, porque sé que las bicicletas se impondrán, cuando esos chiquillos, los que ahora me ven pasar, se hagan mayores y sean capaces de decidir por ellos mismos sobre sus vidas. Porque todos conservamos un pedazo de alma de cuando fuimos niños, sólo hay que dejarlo salir.
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Hace 13 años
2 comentarios:
Manuela y tú. Me ha recordado a Platero y yo.
Es verdad, algo tiene. Será el subconsciente que me aflora.
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