22.6.09

Cuento del futuro inmediato

A veces me preguntan por que no cuento cosas de mi pasado. Y es que soy un ser limitado por mi presente, que para seguir viviendo, tiene que olvidar o dejar de lado hechos que me dividen. A veces siento que soy múltiple, que tengo varias naturalezas, dos culturas, varios modos de ver el mundo, como esa imagen del niño escuchando los consejos alternativos del demonio y el ángel, como la teoría del Ying y el Yang que ahora ya nadie conoce. La importancia de los objetos es relativa: En un cierto momento, unos son los más importantes, objetos que antes no lo fueron. Las ocurrencias de algunos hechos enseñan algo, pero la mayoría no quedan en nuestro recuerdo. Unos pocos perduran en nuestra memoria y pueden servirnos para afrontar situaciones similares, para poder sobrevivir. Cada uno de nosotros, vivimos con nuestra propia naturaleza, por ejemplo: No me enseñaron la importancia de pintar objetos simples, como una mano; de escribir historias como esta. No nos enseñaron a exteriorizar nuestros sentimientos; ahora, pasado los años, duele no haberlo hecho. Pero según las pocas enseñanzas útiles recibidas de un juego de estrategia de ordenador que durante algún tiempo me absorbió: Cuando se debe planificar una defensa, antes de que los enemigos empiecen con sus brutales ataques: "Todavía hay tiempo, todavía hay tiempo… Todavía puedo…" Hay que prepararse para las próximas horas y días de asedio. Por eso he comenzado esta historia, sin finalidad concretada, que explique, y revele como soy.
Ya está escrito, Mario cierra el cuaderno digital y se viste. Ciento ochenta grados quemados al cerrarse una libreta. Un clic fácil para esconder la punta del bolígrafo del mundo exterior, y un movimiento de muñeca rápido para guardarlo todo en el bolsillo de la camisa. Mientras tanto, ruidos de abrigos recolocándose sobre los hombros de esos mil cadáveres que alguien, en algún momento y en algún poema, mencionó: Madrid, la ciudad de los mil cadáveres. Y seguramente la cifra haya incrementado en este corto tiempo transcurrido. Más cadáveres, menos poetas.
Ahora, suelas de zapatos arrastrándose para salir, casi por inercia, fuera del agujero. Sombras buscando el cielo y despidiendo a los techos bajos, como todos los días. Escaleras mecánicas trabajando duro, haciéndoles un poco más fácil la huída del agujero.
Ya en la calle, se encuentra con otros cadáveres, también abrigados, también con sombras aburridas. Algunos hacen uso de la tecnología para proteger sus oídos de los lamentos de la ciudad: orejas personalizadas, con música que ayuda a mirar de otra manera. Otros han aprendido a abstraerse, a colocar un velo (de su color preferido) delante de la mirada: ojos personalizados. Cadáveres genuinos, irrepetibles, únicos, pero cadáveres todos. Rápidamente se colocan en sus oficinas y no miran mientras se les escapa el día. O aparentan no mirar.
Estos eran los pensamientos que sin querer a Mario le venían a la cabeza. Recordaba alguno de sus nombres, de los compañeros que trabajaban junto a él, sabía que vivían en “Madrid-Nova”, la gran urbe, la ciudad de los inmortales grises”, donde nadie moría, gracias al fluido verde, ese insípido líquido que había que tomar todas las mañanas para poder ponerse en marcha, este producto mantenía el nombre de una vieja bebida aromática. Se seguía llamando “café”, más exactamente: “Café-Novo”, no tenía ni olor ni sabor, aburrido, pero fundamental para la existencia; sin beberlo, no se podía comenzar a andar. Era la sustancia fundamental de toda nueva persona, tenía que estar siempre cerca de lo que antes se llamaba la cama o lugar del descanso, la que ahora eran modernos cubículos, utilizado previo a la carga nocturna, junto al cubículo estaba la mesilla multifuncional, de donde salía un tubo con el “Café-Novo” a modo de despertador. Si no fuese así, según el manual de instrucciones, se tendría que arrastrar la mano, o en el peor de los casos el cuerpo, hasta donde la sustancia se encontrara para poder ser ingerida, ya que esta era la sustancia fundamental que producía y mantenía la inmortalidad. Así también constaba en el prospecto que acompañaba a la botella de carga. En letra pequeña igualmente figuraba que tenía algunos efectos secundarios: “una perdida sutil de la percepción olfativa y del gusto” Pero ya nadie recordaba a que se refería estas indicaciones. Cuando el cuerpo había quedado habituado a su consumo, su falta, podía producir al individuo, la muerte, por la imposibilidad de renovar la energía vital necesaria. Todo esto lo explicaba muy bien y en detalle la caja del producto. Pero en realidad no hacia falta tantas explicación. Era de conocimiento general y aceptado por toda la sociedad, toda esta información se recibía en el momento de nacer. De hecho, nadie se cuestionaba estas indicaciones, y no había nadie que no las conociera.
Mario, tenía recuerdos difusos, no dudaba de su verdadera identidad, pero sí, de su naturaleza inmortal cadavérica. No le satisfacía plenamente su actual estado, él no había nacido con los nuevos, se sentía un extraño entre ellos; aún tenía vagos recuerdos de “la otra época”, la de los tiempos remotos, de los llamados “tiempos de nacimiento y muerte”; de cuando era un ser con la posibilidad de morir por ancianidad. Ahora, en la nueva sociedad, sólo se desaparecía por voluntad judicial, o por muy mala suerte en un accidente destructivo.
La desaparición por "Voluntad judicial" se producía de acuerdo a las necesidades del sistema, al quedar demostrado reiteradamente la inutilidad del individuo en referencia al conjunto de la sociedad; es decir, por tratarse de una persona física cuyo balance de efectividad social era continuadamente negativa, textualmente: Cuando quedaba demostrado que el aludido individuos tenía un ratio coste/beneficio negativo. También cabía la posibilidad de poder acceder a la desaparición, por voluntad propia del interesado, cuando llegado a un punto mental de sublime indiferencia, y no habiendo intereses contrarios con el conjunto de las necesidades de sociedad, se solicitaba. En este último caso, era aceptado por el consejo rector del que dependía dicho individuo, este supuesto era muy raro, pero de un tiempo a esta parte, se empezaban a dar casos aislados; con un mínimo incremento en las estadísticas, hechos que traían de cabeza a las grandes mentes pensantes.

Mario pertenencia a esa vieja clase de “los duales”, era de los pocos que en contacto con la luz exterior, su piel sufría un leve cambio de tono. Si sentía que sus mejillas recibían calor solar, su cuerpo caía en la necesidad de respirar. Este hecho físico lo martirizaba, cuando por necesidades del trabajo, alguna mañana tenía que desplazarse a las oficinas centrales y se veía obligado atravesar un pequeño trayecto con luz natural, se producía la odiada “Involución”, el retorno de la necesidad de respirar y transpirar. En estas circunstancia dicho trayecto lo hacia con sigilo, apartándose, en lo posible, de los demás viandantes, para que nadie lo notara. Pero estas exageradas precauciones eran innecesarias; los que caminaban a su lado, no tenían el hábito ni la costumbre de mirar nada, no eran concientes de este hecho ni de nada, cada uno iba pensando en sus asuntos; y si podían, potenciando su indiferencia, era una de las nuevas normas para optimizar el sistema: “Que cada uno sólo se centre en si mismo para mejorar su rendimiento”. De hecho, si hiciéramos una encuesta entre todos los habitantes de la ciudad, la mayoría no conocerían lo que significa “respirar” era un término en desuso.
Pero a Mario le aterrorizaba que alguien descubriera su oculta naturaleza, le daba vergüenza su estado dual, sus pensamientos raros, y aún más que notaran este leve cambio en la tonalidad gris de su piel, cuando la luz se reflejaba en su rostro. Hace años había escuchado que en algunos ambientes agresivos de la periferia, habían existido grupos de “Puros” (No duales) que se dedicaban a cazar duales para practicar y aumentar “la indiferencia agresiva”, que aunque penada, era tolerada. La indiferencia agresiva consistía en arrastrar a un dual hasta una zona lumínica (zona iluminada con la luz solar), esperar a que se activara el sistema motor de respiración del individuo dual. Después, proceder a taponar sus orificios respiratorios, hasta que cambiase a un color azulado. Pasado uno corto tiempo, dejar abiertos los orificios para escuchando con la mayor indiferencia los gritos. Estos grupos de puros, se divertían con los ruidos y sonidos que emite el individuo dualal respirar. Esta operación se repetía como un juego hasta el aburrimiento, procurando no destruir al dual. De este modo los “puros” aumentaban su nivel de indiferencia mental ante la queja y el dolor. Fue condenada por las autoridades esta práctica, pero hacía ya muchos años que no salían en las noticias; de hecho, ya había sido olvidada la existencia de duales como individuos que convivían en la ciudad.
A veces Mario, al salir del agujero del trasporte colectivo, miraba al cielo y recordaba las épocas lejanas, de cuando no se valoraba la indiferencia, tiempos de alegrías y pesares, que ahora a nadie interesaba. Cada vez era más conciente de que él era de los últimos que habían logrado engancharse a la inmortalidad cadavérica. Ahora el recuerdo de la “Alegría” no era más que un concepto que sólo él conocía. Una palabra en desuso, un término vano, vago y sin sentido, que no se daba en la realidad actual. Los valores de la nueva ciudad eran: “La Modernidad”, “La Eficiencia” y “El Honor”, valores que potenciaban el crecimiento global de la ciudad, reflejado en sus infinitos rascacielos.
Al caer la noche y antes de entrar en su cubículo nocturno, a Mario le afloraban pensamientos vanos o en forma de dudas: No siempre había sido un nuevo cadáver. Casi nadie recordaba como empezó esta transmutación, él tampoco lo tenía nada claro, sólo notaba que al crecer los edificios, al aumentar el cemento y el hormigón, los sentimientos se fueron tiñendo de gris. La indiferencia comenzó a ser un valor en alza. Se precisaba personas indiferentes que pudieran tomar decisiones importantes, que no les temblara el pulso a la hora de beneficiar exclusivamente los intereses de las compañías para las que trabajaban. Se valoraba individuos que siempre estuvieran solos pendientes de obtener el máximo beneficio. Así figuraban en los anuncios de trabajos de los periódicos digitales, que también empezaron a tener un color más grisáceo. Se potenciaba en la educación los valores de: superioridad, control, mando, fuerza, templanza, autoconfianza, fortaleza de mente, resolución y decisión. Los estudios más valorados eran los que más incidían en estos atributos o virtudes. Los profesionales que conseguían estas cualidades eran los más estimados. Las empresas de mayor peso buscaban seres con estas características, atrayéndolos con altas remuneraciones, que a su vez, potenciaban más en estos directivos con éxito, su orgullo y grado de indiferencias ante los más débiles. Así las empresas más eficaces y eficientes se nutrían de los mejores especimenes en estos hábitos competitivos.
De madrugada, después de la descarga nocturna, cada ciudadano tenía que proceder a realizar la carga inicial con el “café-novo” para mantener la inmortalidad. Para Mario, por tratarse de un dual, el despertar, no era un hecho placentero. Sentía un amargo gusto en la boca, y después estaba la hinchazón de estomago, que le hacia estar todo el día flatulento. Esto no les ocurría a los puros, ellos no sentían ninguna alteración en su organismo, sino, el inmenso placer, tan anunciado en todos los puntos de información, de sentirse rejuvenecer cada día. Este era el mundo en el que había conseguido sobrevivir, cada día era más conciente que él era el último de su especie.

¿Cómo debería continuar la anterior historia o cuento? ¿Terminar ahora sin más? ¿Con final feliz, o infeliz, o ambiguo? Hagamos una parada y meditemos antes de continuar…O no, sigamos a la desesperada... ¿Debo finalizar la história y pasar a otro tema? La duda siempre está ahí, nunca tengo la seguridad de saber qué es lo mejor y para quién…Para el lector o para el escribidor.

Imaginemos este mundo futurista, que en parte, ya hoy se está produciendo. Pensemos en la avaricia que todos los seres humanos tenemos de inmortalidad (Basta ver la necesidad y proliferación de religiones que nos prometen vida eterna) ¿Qué sociedad o hombre no se dejaría embaucar por el canto de sirenas de la perpetuidad en la vida? Percibamos el avance tecnológico: vemos los adelantos que se está produciendo en genética, y la capacidad que tenemos, sin remordimientos, de modificar a nuestra conveniencia el entorno, sin medir a largo plazo sus efectos secundarios. Agítese todos estos ingredientes y,… ¿Qué saldrá de esta chistera?...Como narraba Chicho Ibáñez Serrador en sus viejas películas: “Historias para no dormir” o “Mañana puede ser verdad”: “El futuro ya está aquí”. Profundicemos en nuestra visión del desarrollo: ¿A dónde queremos ir? ¿Cómo queremos que sea el futuro? ¿Y cómo será en realidad?...Nosotros seguramente no estaremos, pero lo que hagamos hoy, quedará y marcará al futuro. Actos tan directos como: la educación de nuestros hijos, o la solidaridad que asumimos, definirán el futuro inmediato.
¿Podemos cambiar el futuro? ¿O estamos predestinados a uno determinado?
Como sociedad, no tenemos fácil tarea: Tenemos conocimientos, tecnología; pero no sabemos a dónde vamos. Debemos sentarnos y pensar; recapacitar antes de salir disparados sin saber a dónde ir. Pensemos…pensemos.

1 comentario:

Jesús Aparicio González dijo...

Veo que te defiendes muy bien en la prosa. Mis felicitaciones por tus relatos.
Un abrazo
Jesús