9.1.09

Mar adentro

Tenía veinte años, era joven, buen nadador, me gustaba la playa de la Herradura de Lima, donde solíamos acudir los amigos a contemplar los hermosos cuerpos de las limeñas que iban, en los días de verano austral, a demostrarlo. Hace 30 años era una playa considerada pituca, siempre había hijos de papá haciendo surfing o descansando en el club Samoa.
Me gustaba nadar unos quinientos metros mar adentro, donde hacía el muerto, mirando el cielo, sin que nada perturbara el descanso que me permitía regresar con brío a la playa, a secarme dando unas paletadas, con mis patas Jaime o Walter, y de paso, mostrarnos, para que nos miraran las chicas en bikinis, que estaban chuscarrándose al sol.
Nunca podré olvidar aquella mañana veraniegas de enero, con el cielo azul claro, tan poco común en Lima; estando en mi reposo de nadador de fondo, solo, sintiendo los chasquidos del oleaje; escuchando los leves crujidos que tiene el fondo del mar, relajado, adormilado…cuando, en un instante, sentí una sombra, una inmensa sombra oscura que se deslizaba a mi costado, me incorporé, me puse de pie, (metafóricamente hablando, porque de pie no se puede estar sobre las aguas, a no ser que seas Jesús , el Verdadero) en vertical. Me quedé con la mente en blanco, no podía ni imaginarlo, a mi lado fluía un inmenso cuerpo negro. Me sentí perdido, con la primitiva necesidad de querer un suelo bajo mis pies para salir corriendo; yo no era un pez, era un bípedo, quería salir corriendo. No sé cuanto tiempo pasó, recuerdo que debí nadar como un poseso, sin mantener ritmo en la respiración, tragando agua. Menos mal que, supongo que por instinto, nadé hacía la playa; cuando pisé la arena y miré hacia atrás, pude contemplar una vista que alguna vez en estas playas me había sido familiar: dos hermosos cachalotes deslizándose tranquilamente sobre el azul marino. Nunca más volví a nadar mar adentro.

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