22.1.09

Una historia de guerra

Esta es una historia contada por mi abuelo, al inicio de la Guerra Civil, el pueblo de Sevilla donde vivía, como muchos otros, se dividió; los nacionales se atrincheraron en un extremo y los republicanos en el otro, con la iglesia en medio. El problema que tenían ambos bandos era que muchas familias de los atrincherados se encontraban al otro lado y temían por las posibles represalias a sus familiares. Mi abuelo y otros compañeros en igual circunstancia, prepararon un comando de rescate, que actuaría protegido por la noche. Con ropas oscuras y mucho sigilo, consiguieron rescatar a sus seres queridos. Pero de regreso a su zona, al pasar frente a la iglesia, se encontraron de frente con otro grupo de igual tamaño, se detuvieron, se miraron, y sólo atinaron a decirse “buenas noches”, pasando de lado, siguiendo cada uno su camino. Esa noche no hubo ningún tiro.

19.1.09

En la noche

Me enseñaron que los árboles al bosque no dejan ver.

Pero no es cierto, hay que escuchar al viento rezar:

Hablar con la noche, mirar al cielo, las hojas rozar.

Mirar y soñar. Viajar en un soplo de brisa, para volver.

 

Yo, triste luchador de las palabras digo:

Que mirar al cielo da frío y no alimenta,

que la noche de tumba negra viene, es vieja y añeja,

que el barro y el vino son vecinos y emborrachan,

que envejezco y ya huelo a hoja seca,

que mi dolor se hace un líquido áspero

que mi bolígrafo corre más que mis pensamientos,

que a veces me pierdo en las palabras,

que escribir no nos hace mejores,

tal vez un poco más conscientes,

porque con las palabras,

los sentimientos tienen salidas.

En otras palabras:

Seguimos jodidos, pero lo decimos.

¿Qué busco en la vida?

Todo y nada,

¿Qué sueña la vida?

Vida eterna.

¿Qué siente la vida?

La muerte.

17.1.09

Guiado por Wislawa Szymborska:

Nadie cree ya en el cielo,
La tierra es pequeña,
perdida e innecesaria.
El hombre esta solo,
girando a puerta cerrada.
La vida es ciencia ficción
perdida en el cosmos.
El vacío infinito todo lo empapa.
¿Dónde estabas Dios, que no me viste?

12.1.09

muerte


La muerte es la última caída,

falso desplome sin importancia,

nuestra clara llamada silenciosa.

casi sin ruidos.

 

Cierra mudas puertas y ventanas

sin cerraduras, goznes ni pestillos.

Abre las incógnitas para todos,

olvidos perdidos.

 

Despliega inconciente santo edén

para los que esperan ir al cielo,

ningún sueño alegre da a malos

y a descreídos.

nieve

Nieve, nieve blanca y trasparente,

en el frío invierno mi soledad calientas.

Copo a copo mides el tiempo.

Cómo te echamos de menos en los otros inviernos.

9.1.09

Mar adentro

Tenía veinte años, era joven, buen nadador, me gustaba la playa de la Herradura de Lima, donde solíamos acudir los amigos a contemplar los hermosos cuerpos de las limeñas que iban, en los días de verano austral, a demostrarlo. Hace 30 años era una playa considerada pituca, siempre había hijos de papá haciendo surfing o descansando en el club Samoa.
Me gustaba nadar unos quinientos metros mar adentro, donde hacía el muerto, mirando el cielo, sin que nada perturbara el descanso que me permitía regresar con brío a la playa, a secarme dando unas paletadas, con mis patas Jaime o Walter, y de paso, mostrarnos, para que nos miraran las chicas en bikinis, que estaban chuscarrándose al sol.
Nunca podré olvidar aquella mañana veraniegas de enero, con el cielo azul claro, tan poco común en Lima; estando en mi reposo de nadador de fondo, solo, sintiendo los chasquidos del oleaje; escuchando los leves crujidos que tiene el fondo del mar, relajado, adormilado…cuando, en un instante, sentí una sombra, una inmensa sombra oscura que se deslizaba a mi costado, me incorporé, me puse de pie, (metafóricamente hablando, porque de pie no se puede estar sobre las aguas, a no ser que seas Jesús , el Verdadero) en vertical. Me quedé con la mente en blanco, no podía ni imaginarlo, a mi lado fluía un inmenso cuerpo negro. Me sentí perdido, con la primitiva necesidad de querer un suelo bajo mis pies para salir corriendo; yo no era un pez, era un bípedo, quería salir corriendo. No sé cuanto tiempo pasó, recuerdo que debí nadar como un poseso, sin mantener ritmo en la respiración, tragando agua. Menos mal que, supongo que por instinto, nadé hacía la playa; cuando pisé la arena y miré hacia atrás, pude contemplar una vista que alguna vez en estas playas me había sido familiar: dos hermosos cachalotes deslizándose tranquilamente sobre el azul marino. Nunca más volví a nadar mar adentro.