14.12.08

la muerte de un padre

La muerte de mi padre
Hay cosas que no se deberían contar, pero por otra parte, claman al cielo cuando no se cuentan. Los pormenores de la muerte de un padre, solo, entre extraños, con mil honores, pero solo, como al final acabamos todos, no deberían salir de mi boca…Pero para ligereza de mi conciencia y mi alma, debo aclarar los hechos enmarañados, que envolvieron esta defunción tal luctuosa, del que toda la prensa nacional, y en menor media la internacional, se hizo eco; la muerte de mi padre.
No me gustaría que las trágicas circunstancias que acompañaron a este deceso, tuvieran algún parecido con otras muertes recién acaecidas, pero desgraciadamente, ocurren repeticiones, cada vez más frecuentes y similares en Colombia; y es muy posible que continúe habiéndolas el futuro más inmediato.
Todas las muertes son tristes, es verdad, pero yo voy a contar esta, que perturbó mi vida para siempre; comprenderéis que por proximidad fuera para mí la más importante.
Perdonarme las formas de esta narración, pero por la emoción que me embarga; a pesar del tiempo pasado, cada vez que lo recuerdo, vuelve a serme difícil comenzar y seguir un hilo claro que organice esta historia.
Empezaremos por situarla: País: Colombia, ciudad: Bogotá. Mi padre: un periodista del país, conocido por sus artículos publicados periódicamente en las páginas culturales del principal periódico “El Periódico”… Digamos la verdad, no con la frecuencia que hubiera deseado él.
En las fechas que la tragedia ocurrió yo tenía 18 años, y por circunstancias personales, largas de explicar y que no vienen al caso; no vivía con él; a pesar de estar estudiando en la misma ciudad. Una vez al mes, más o menos, nos citábamos en su casa y pasábamos la tarde, contándonos cosas normales entre padre e hijo: de cómo nos iba por la vida. Hacía dos años que veníamos teniendo estas veladas, desde la muerte lenta de mi madre, producida por un cáncer. Hacía siete años que mis padres se habían separado. Tengo constancia de que durante estos siete años mi padre siguió estando solo, salvo raros y cortos periodos de devaneos con alguna otra mujer. Por ello, la muerte de mi madre, no enturbió nuestra relación. Además, una actitud inteligente hacia mí, tratándome como adulto, hicieron cordiales nuestros periódicos encuentros.
Se le notaba, aunque no lo dijera, lo orgulloso que estaba de mí, de que yo hubiera seguido los mismos estudios que él había hecho. Esto también nos daba la oportunidad de intercambiar opiniones técnicas, encubriendo sus abundantes consejos: de cómo afrontar los retos diarios de la supervivencia en Bogotá, de la mejor manera de afrontar los estudios en la universidad, donde par mí, era una carga nuestro parentesco, por lo conocido que era él entre los profesores.
Yo sabía, a grandes rasgos, de su dura vida profesional, como todo honesto periodista que se precie ahora en Colombia, de sus escasas retribuciones. Sus días transcurrían buscando material para sus artículos; soñando hallar la noticia importante que lo catapultará al éxito sin tener que medrar buscando apaños sucios. En Colombia no todos los periodistas actúan con la honestidad que hacía gala mi padre. Muchos callan, o se prestan a ser voceros de la corrupción. Bien apuntaba él:”Ser honesto en la escritura, no trae notoriedad alguna, pero ayuda a la cultura”.
A lo que iba, nuestra relación paterno-filial era gratamente cordial sin ser estrecha.
Pero el 14 de abril del año pasado, a las cuatro de la tarde, después de llagar de clases, estando yo reposando unos minutos en mi cama, sentí una angustia asfixiante, junto a la necesidad de ir a ver a mi padre. No era el momento adecuado, ya que hacía tan sólo una semana que había compartido con él la anterior velada. No parecía razonable, que me dejara llevar por presentimientos; yo, un muchacho práctico y de razonamientos centrados y claros. Pero ahí estaba esa ilógica necesidad, sin poder evitarlo, fui a su casa, llamé al timbre, no me respondió nadie, así que abriendo con la llave que me había dejado, entré y esperé, suponía por la hora que era, que prono llegaría.
La espera se hizo eterna, maté el tiempo mirando por encima los papeles que tenía sobre su escritorio. Como siempre se acumulaban pilas de escritos. Un simple vistazo a sus papeles, no calmó mi ánimo, me resultaba insulso y sin ningún atractivo, tanta copia de documentos formales.
Pasada medía hora, que se me hizo angustiosa e interminable, sonó el teléfono, al no haber nadie que respondiera, contesté; era una voz femenina que a su vez me preguntaba quién era yo. Después de identificarme, me pidió que esperase en la casa, que en breve pasaría para contarme un asunto de vital importancia sobre mi padre y colgó.
Al cabo de diez minutos, sentí aparcar un auto de mala manera en el exterior de la casa.
Una mujer de unos cuarenta años, con el pelo largo, ensortijado, que yo no conocía, llamó, abrí inmediatamente la puerta y como una exhalación pasó. Tú eres Pedro- dijo sin ningún otro preámbulo- Yo soy María, amiga de tu padre. Tu padre ha tenido un accidente y se encuentra en el hospital de San Juan de Dios. Vamos, te llevo en el auto.
Ya en el auto, conduciendo como alocada, me iba contando: A tu padre le hemos llevado a este hospital porque fue el que nos pilló más cerca, ya sé que está a punto de cerrarse, pero todavía cuenta con los mejores especialistas del país- hubo un breve silencio y pregunté: ¿Cómo ocurrió? -Ella contestó:- Tu padre se había bajado del auto para mirar una dirección de un testigo que quería entrevistar de un caso de corrupción que estaba tratando de documentar. Yo y Elena le acompañábamos. Esta mañana nos había pedido en el periódico, si podíamos acercarle a entrevistar a Palmiro Rioseco Méndez, el nombre del testigo. Ya sabes lo persuasivo que es tu padre, con eso de que no conduce. A cambio, nos ofreció que después nos acompañarnos a una actuación musical que hace días teníamos ganas de asistir, y a la que no nos atrevíamos a ir solas. Él estaba en la cera, buscando el número de la calle; cuando, sin que nos diéramos cuenta, salió por detrás de la calle en que estábamos aparcadas, una camioneta, se subió a la cera y envistió a tu padre, le hizo volar unos diez metros. El golpe fue terrible. El loco del conductor no paró, no nos dio tiempo ni a tomar los números de la matrícula, sólo vimos que era una camioneta pick-up amarilla, que hacía un ruido horrible. Horrible.-No le pregunté más. Llegamos al hospital, entramos casi corriendo por urgencias, una enfermera nos paró; nos preguntó que quién éramos, después de identificarme, con cara descompuesta nos dijo que estaba muy mal, que no nos asustáramos, porque le habían tenido que hacer una traqueotomía y se encontraba sedado, que esperáramos un momento mientras lo preparaban para poder ser visto y que sólo podía pasar uno.
Al cabo de unos minutos la misma enfermera que nos había recibido me acompañó, pasando un pasillo y una puerta, a una sala enorme, llena de columnas y totalmente atestadas de camas metálicas que alguna vez debieron ser blancas, pero que ahora estaban llenas de desconchones y asomaba el óxido por ellas, no estaban dispuestas en algún orden, sino que permitían, de alguna manera pasar a una persona. Sorteando entre los enfermos nos acercamos a donde estaba mi padre, tapado someramente por una sabana blanca teniendo al lado un pie se sujetaba al suero por donde suponía que le estaban aplicando la medicación. Estaba todo golpeado, con rastros de sangre seca detrás e las orejas y haciendo un ruido fuerte, estentóreo que salía de su garganta. Su brazo fuerte salía de la cama. La enfermera Melo acerco y yo le dí la mano. No estaba conciente, pero no sé si por un acto reflejo o posiblemente conciente su mano apretó la mía. En ese instante me acerque a su oído y le susurre “papá”.Una convulsa agitación recorrió todo su cuerpo, estaba seguro que me reconocía, aunque no podía comunicarse conmigo salvo por el apretón de manos. Permanecí junto a el un tiempo que me pareció rapidísimo, pero debió pasar una media hora, hasta que la enfermera me pidió que lo dejara descansar. Me alejé y esa fue la última vez que lo vi con vida.
Estando en la zona de espera, donde iban llegando familiares y amigos de mi padre, muchos de los cuales no conocía, por lo que se veían obligados a dar largas explicaciones de su relación con él. Como decía, estando en la zona de espera, salió otra enfermera y nos dijo que mi padre acababa de fallecer.
Así entre en otra fase, la del funeral y entierro, gran parodia del final de la vida. La familia asumió toda la logística de esta representación: de acuerdo a lo que mi padre tenía en el banco y lo que la familia consideraba apropiado para el estatus del finado. De acuerdo a estos parámetros, se eligió la categoría del boato a emplear: El cementerio, el nicho, el ataúd, las flores, la cantidad de ramos, el emplazamiento de los funerales, ya que al ser tan conocido, tuve que soportar varios velatorios: en el circulo de periodistas, en la biblioteca nacional, en ambos lugares le montaron rodeando el féretro una escolta militar, no sé a influencias de quien estaban , ni que pintaban esto engalanados guardias de la muerte, pero le daba al necrófilo evento mucha prestancia.
Yo sólo tenía que dar mi conformidad y firmar el gasto para descontarlo de la cuenta, que menos mal, ambos teníamos como titulares.
La parte más en farragosa, junto con la autopsia obligada, fue el atestado policial, como era lo habitual, la policía no daba con los culpables, y al ser mi padre un hombre de bastante notoriedad pública, cada político que se me presentaba a darme sus condolencias, de paso echaba la culpa de la ineficacia policial a los políticos contrarios, o a cualquier otro que no bailaban a su cuerda. Llegó a ser bochornoso tener que escuchar supuestas tramas inculpatorias del asesinato de mi padre, con razonamientos de lo más dispares de todas las partes.
Aparte tenía los dilatados discursos, donde más que homenajear al difunto, se autohomenajeaban con floridas peroratas los oradores. Y había que escucharlas pacienzudamente, muchas de ellas de pie.
Como de costumbre, lo más emotivo y repulsivo fue el entierro; el tener que ver a familiares y amigos triste y llorando de verdad, junto a asistentes de compromiso que se saludaban efusivamente por haberse reencontrado. Los entierros, creo que en casi todo el mundo, son aprovechados como eventos que ofrece una buena oportunidad de mejorar sus relaciones de confianza.
Ahora, al recordar en la distancia, nunca me quedó claro la premonición que tuve la tarde del 14 de abril. Nunca más me volvió a ocurrir algo semejante. Nunca he creído ni creo en los espíritus. Pero algo sucedió en ese día que me obligo a buscar a mi padre.
Pido que nadie tenga que pasar análogos malos tragos, aunque me hicieran mayor; “un hombre”, como hubiera dicho mi padre. Fue una amarga experiencia para aprender de la dureza de la vida en Colombia. Posiblemente salí más fortalecido, pero también me volví más duro. Y supongo que también murió parte de la ingenuidad que hasta entonces me acompañaba. Creo, por la frecuencia de crímenes impunes similares que ocurren a diario en mi país, los jóvenes colombianos maduramos antes y sentimos menos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sonido y luz
sentidos de la vida
busco silencios.

Raspa el grillo
con lejano susurro
al caer la tarde.

La noche negra
en la luna plateada
claridad halla.

Si amanece
con sol sobre el monte,
la tierra canta.

Con luz humana
las cuatro estaciones
marcan la vida.