De nuevo en el PerúHace unos meses que regresé al Perú. Mi vieja amiga Rosa me pidió un regalo; que le contara cosas del viaje. Por eso me veo ahora, después de haber regresado a mi vida cotidiana de ratón de ciudad en Madrid, recordando las notas que tomé, las que ahora me parecen lejanas, no por el tiempo, sino por el cambio que siente mi ánimo. Haré el esfuerzo de recordar lo vivido, a partir de los papelitos sueltos que escribí en el viaje.
Contenido del papelito1:
15/2/2005 Estoy en San Ramón, delante del río Chanchamayo. El día 12 legamos de Madrid a Lima, donde visité a la vieja familia, la poca que va quedando. La ciudad se ve deslucida, las casas han perdido su viejo brillo, se ve diferente a la que recordaba hace 22 años, cuando andaba por sus calles. Es contradictorio y curioso, pero la ciudad de aluvión de ahora se ve más vieja que la “Lima de antaño”, como dice la canción criolla. Pareciera que sus gentes hubieran conocido la “anvicia”, término de mi vieja tía Prepe, ella todavía sobrevive en una de las viejas casonas de “La ciudad de los reyes” (esto de la anvicia debe ser una mezcla de envidia y avaricia, palabro que puede proceder de Celendín, de donde somos originarios). Lima sigue creciendo, sin conservar su vieja belleza “la que fue coronada tres veces”. Ahora en poder de gentes egoístas, que se mueven si detenerse, corriendo y vendiendo sin una proyección de ciudad para vivir. Queda el rescoldo de sus viejos, y la belleza de alguna de sus calles perdidas. Quedan los viejos amigos, que nadan en la supervivencia. Para muchos de ellos, la esperanza es dura, de futuro incierto.
Pero aquí, donde estoy ahora, sentado a orillas de este caudaloso río, por donde el tiempo fluye y pasa, y vuelve a pasar; siento que el río ríe calmoso y canta:
Este oscuro período pasará,
parte de la vida que conocemos morirá,
pero la grandeza y belleza de este suelo quedará.
Escuchándolo grito: Ojalá las gentes de este país se den cuenta de lo que tienen, y lo cuiden, y no quemen las simientes, no destruyan lo que crece, porque todo nace de la tierra, y a ella todo vuelve.
Ojalá el río arrastre las bajezas y miserias humanas, y pido que después salga el sol. Este sol, símbolo del país, y que tan simple uso han hecho del él, encorsetándolo en una moneda.
Para estas tierras, el sol es generoso, generoso con sus campos, con sus aguas, con sus ríos y montañas. Y generoso con sus gentes. pero la “anvicia” de otros, los del norte, contagiaron a sus pobladores. La “anvicia”, como dice la tía Prepe, lo estropea todo, lo corrompe todo. No deja que florezcan los buenos sentimientos de las gentes, de los naturales, los que antes se criaban libres en estas tierras, gentes sin malicia.
La anvicia germina entre los que se acercan a las ciudades y conocen la civilización. Los contagiados por la civilización y el consumo, muestran a los nativos, la vida dura y miserable que se supone que llevan, quieren cambiarlos, les meten ideas nuevas de progreso, los deja sin optimismo, sin esperanza.
Escuchando al río que baña, que hace florecer a los plátanos y al café, le pido que también limpie estas tierras de las manipuladoras gentes civilizadas, los contagiados por la anvicia, para que otros puedan crecer; gentes simples y calmosas, naturales con conciencia de su identidad, gentes acogedoras, con el profundo conocimiento del valor de las cosas reales necesarias para vivir, y no de los altivos sueños de la civilización impuesta.
La exuberante naturaleza hace que las prisas, y el afán de posesión, no estén inicialmente en los ánimos de sus gentes. No son pueblos que vivan afanándose en tener historia ni monumentos, no tiene grandes iglesias, ni grandes ruinas. Sienten que lo importante es ser, ser humano y tomar con respeto las bondades que les brinda la desnuda selva para poder vivir, buscan lo simple. La selva lo da todo: su verde tupido, salpicado de frutales y aves de colores, los aromas, las formas, los miles de ruidos. Todo es exuberancia. Hace que sus habitantes sean abiertos, comunicativos, desprendidos y creativos. Basta ver los sistemas de taxi-triciclos que utilizan, para comprende la facilidad de adaptación de estas gentes. Antes usaban coches, motos. Ahora, por contagio oriental, y por las crisis sucesivas, se están volviendo un pueblo asiático.
En el Perú, las autoridades tratan de impregnar a los pueblos de un nacionalismo rancio, impuesto, importado, de consignas, de himno y bandera, se ven grandes letras con la palabra PERÚ, PATRIA en las montañas. Esto demuestra lo contrario, lo lejos que están estas gentes de una identidad común. Detrás de tanto símbolo, no hay nada. Enseñan en los colegios:
“El Perú es un crisol de razas y culturas”
“Es un mendigo sentado sobre un banco de oro”
Analizando frase a frase, creo que la primera aseveración “De razas”, Si, es cierta. “De culturas”, tengo mis dudas. La cultura es cambiante, tiene un componente de homogeneidad que no se da en el Perú. Los indios pobres fueron privados hace muchos siglos de sus diversas culturas, de las que sólo quedan rescoldos, nada tienen que ver con el patrioterismo institucional de sus actuales gobernantes. Y lo de crisol, es verdad, todavía no se ha fundido, le falta un hervor. El Perú tiene una historia penosa de gobernantes y guerras perdidas.
La segunda frase, “la del mendigo sentado”, como el pensador de Rodin, sobre un banco o cofre con oro. ¿Qué estará pensando? ¿Quién es el pensandor? ¿No será un rico empresario extranjero disfrazado, esperando la llegada de un barco para cargar con el botín?
El Perú tiene otras figuras simbólicas en referencia a sus riquezas, en el escudo donde sólo figuran materias primas, como el cuerno de la abundancia que esta, junto con el árbol de la quinua y la vicuña. Es un país donde sus gobernantes siempre han vivido, y viven, de espaldas al los valores propios de sus pueblos, afanados en extraer y vender las riquezas a otros países más desarrollados. Siempre han sido gobiernos de intermediarios, de servidores a comisión, partícipes de la cornucopia corruptora.
En el mundo actual, en principio, el hecho sólo de poseer materias primas, es un factor empobrecedor. Es un reclamo para que otros países ricos y poderosos, con afanes de seguir creciendo: Vayan, arramplen, y si te he vivido y exprimido, no me acuerdo. Para un país el simple hecho de tener riquezas naturales, puede tener un efecto limitante. Propicia que agentes con intereses externos se quieran aprovechar de ello. Y siguiendo los principios de eficacia y eficiencia, con el menor coste posible. Así, tradicionalmente en el Perú, han existido empresas externas que se han aprovechado de sus materias primas, manteniendo a la población natural en la ignorancia o la dependencia. Este es el fundamento del colonialismo, que nunca dejo este país. Los poderosos del Perú, provenientes de la población influyente occidentalizada y civilizada, siempre han fomentado y mantenido las formas religiosas y culturales de las grandes metrópolis de las que dependían. En el Perú ha existido y aún perduran dos mundos; lo occidental y civilizado, y que sigue este patrón, porque para ellos no hay otro, siendo sus miembros una minoría poseedora de casi todas las riquezas y que ha constituido, o controlado a los sucesivos gobernantes del país; y los otros, los nativos, dispersos en regiones y culturas primitivas, útiles como mano de obra barata, o a extinguir, según se tercie.
Los peruanos civilizados dominantes, no son concientes, o les da igual saber que: “El principal valor de un pueblo son sus gentes”, que la propia gente forman la cultura, que su idiosincrasia es el patrimonio más preciado que tiene un pueblo. Todas las demás florituras: el escudo, la bandera, sus riquezas naturales, son formas secundarias o factores negativos.
Contenido del papelito 2:
23/2/2005 En la estación de tren conocida por “Aguas Calientes”, son las 3:30 de la tarde, esperando al tren de regreso, el de gringos, el que se supone que sale a las 3:55 hacia Cuzco, y digo “se supone” porque aquí todo es inseguro, en especial en lo referente al tiempo y a las circunstancias. Siempre hay imprevistos: huaicos, máquinas malogradas, atropellos de burros o cualquier otra cosa que no se te pueda ocurrir. Pero hasta ahora hemos tenido suerte, tocaremos madera y lo que sea. Hoy nos hemos dado una buena paliza andando. Nos hemos levantado temprano, a las 5:30 de la mañana, llegado a esta parte del mundo, poco esfuerzo es madrugar para subir a Machupicchu y aprovechar el día al máximo, sin las avalanchas de gente que ahora tienen, como lo habrían visto sus primitivos pobladores.
Llamar hotel al lugar donde dormimos la noche pasada en “Aguas Calientes” (que no hace honor a su nombre, como ya os contaré), es mucho decir, mejor: “reposa-huesos de mala muerte”(Los empresarios hoteleros peruanos de este lugar siguen siendo unos chapuzas impresentables.)
Ayer llegamos tarde, de noche. Al bajar del tren, nos pillo un aguacero terrible. Antes de buscar un hotel, estuvimos cenando, una cena asquerosa, con un caldo aguado y verduras de bote con media trucha, trucha de pienso, ¡inconcebible en estas latitudes! todo por 44 soles, un precio abusivo para el país. Debe ser la “anvisia” que dice mi tía, la que campa por estos lugares. Lo digo, porque no fue este el único hecho de sobreprecio, robo descarado, o como queráis llamarlo. Una botella de agua de dos litros nos costó 15 soles.
Después de esta cena cabreante, nos pusimos a buscar donde ducharnos y pasar la noche. Andamos por la única calle cuesta arriba del lugar, plagado de locales y edificios que asumían ser hoteles. En uno de ellos, cuando nos fueron a enseñar la habitación; al abrir la puerta, asomó una muchacha desnuda. ¡Qué estaría haciendo tras la puerta de un cuarto preparado para que duerman turistas! Salimos escopetados.
Seguimos subiendo la cuesta, al final nos rendimos, entramos en otro que no parecía tan cutre, pero no era así. Nos dieron á habitación de las nubes, sin asensor, al sentarme en la cama, después de haber subido por una escalera de caracol sin fin, lo que parecía una cama, se hundió. Aquí no acabaron las sorpresas: En la ducha, espera que te espera a que salga el agua caliente, contemplando las paredes forradas con un plástico floreado. Nada, ni flores: El baño no tenía agua caliente, a pesar de que en la inscripción de la recepción, nos juraron y perjuraros que lo tendríamos. Después de tan largo viaje, de haber paseado por todas las ruinas del Valle Sagrado, hasta llegar a este confín del mundo, imaginaros la falta que nos hacía una duchita con agua caliente, por lo menos en este lugar, donde debería hacer honor a su nombre. Lo que digo, los hoteleros del lugar les mueve la anvicia y escatiman todo lo que pueden, para mayor gloria del país. No sé por qué, pero estos hechos me recuerda a otro viaje que hice con mi amigo Jaime, cuando ambos teníamos 18 años, y andábamos sin una moneda en el bolsillo, fue en el regreso de Arequipa a Lima, pero esta es otra historia.
Antes de continuar con la subida a Machupicchu, y para que tenga cierta continuidad esta historia, voy a contar el viaje de acercamiento desde Cuzco a Machupicchu, en los días anteriores.
Cuzco, mi ciudad natal, ahora me parece desconocida, no eras así como mi memoria la veía la última vez, hace 23 años. En este nuevo regreso, he sentido una ciudad satura, Yo la recordaba como una capital de provincias importante de la sierra, agraria, de mercados con campesinos, quienes bajaban a vender sus productos o a realizar trueques. Ahora es una ciudad para explotar a los turistas. Sus campos cercanos los recordaba con ganado y labrados, ahora ya no están así. Sus habitantes viven entorno, y dando la paliza a los turistas, mendigando, vendiendo artesanía barata, y en el mejor de los casos, trabajando en los hoteles. Es triste ver a una vieja ciudad orgullosa, adorando al becerro del oro del turismo. Todavía conserva sus viejas iglesias, palacios y monumentos; pero rezuman anvicia, por todo te cobran precios abusivos. A pesar de todo, sigue teniendo su viejo encanto.
Nos alojamos en un hotelito de la calle Sapi, donde nací, me hacia ilusión, el lugar no estaba mal y la atención era correcta. Antes, esta zona eran las afueras de Cuzco, ahora, está casi integrada en el caso histórico. Subiendo esta calle, se llega a la maravillosa fortaleza de Sacsayhuaman, con sus piedras gigantes, las que quedaron, las que en tiempos de la colonia no pudieron llevarse a la ciudad para ser utilizadas en la construcción. Es una estructura de un granito gris que con la luz fuerte del altiplano, resalta como escalones ciclópeos para subir al cielo, hecho por niños gigantes que construyesen castillos de arena con moldes cuadrados, y que después el tiempo lo hubiera convertido en piedra. Fue utilizado como cantera barata durante el Cuzco Colonial. Ahora ensueña pensar en lo que anteriormente debió ser, en sus días de gloria, fortaleza de impresionante estructura, o símbolo sagrado del poder absoluto de los Incas.
Visitamos durante unos días el Cuzco monumental. La mañana del 22, muy temprano (5:00) nos esperaba un taxi, que ya habíamos concertado y alquilado el día anterior por 150 soles para que nos mostrara todo el Valle Sagrado y nos dejara en Ollantaytambo, donde pillaríamos el tren que va a Machupicchu.
A los lectores que quieran ser futuros viajeros, recomiendo esta ruta, por este camino todavía se ve como viven ahora sus pobladores, y como debieron vivir en el pasado. Es impresionante ver los restos de los edificios que se encuentran por el camino, y el sistema de cultivo que emplearon los Incas. Muchas veces, no se nota la diferencia entre las construcciones del pasado y las actuales.
Vimos la fuente de Tambomachay, los restos de lo que fue la fortaleza rosada de Puca-pucara, las cuevas de Quenco, donde se cuentan leyendas y mitos de su existencia. Estas ruinas, hacen volar la imaginación. ¿Cómo debió de ser la vida en estos lugares? ¿Para qué se utilizaron?
El camino transcurre paralelo al río Urubamba, que por estas fechas, lleva un caudal impresionante, con sus veloces aguas marrones. En tramos donde la pendiente se incrementa, el agua golpea entre sí, con una furia desbocada, como caballos apocalípticos.
El Valle Sagrado es fértil, salpicado de casas y pequeños pueblos de adobe que habitan gentes humildes, se deduce por su modo de vida, se ve en: cómo labran con bueyes, en cómo recogen el maíz a mano, en cómo pastan sus vacas amarradas a una cuerda. Todavía se puede ver comiendo hierba verde a sus chanchos (cerdos) al borde de los caminos, perros flacos jugando con los niños descalzos, sonrientes, con sus caras coloradas y mejillas quemadas por el sol, el mismo sol que sus antepasados adoraban, y que en esta zona cae a plomo. Aquí en la sombra hace frío, y al sol te quemas.
El paisaje es impresionante, el bravo río inunda con su ruido el valle. Se impregna la retina con el fuerte amarillo del maíz por cosechar. Se erigen las montañas a los lados, como paredes que se estrellan contra el cielo azul, atravesadas en sus laderas por andenes o bancales, algunos en lugares y a alturas increíbles. Nos cuentan, que los andenes más inaccesibles, sólo son restos de cuando lo trabajaban los pobladores del imperio inca. El camino transcurre subiendo y bajando en interminables ziczacs. Periódicamente llegamos a las cimas, en lo más alto, al fondo, se dibujan otras montañas con nieves perpetuas. Y de nuevo bajar y subir, esperando con el corazón contraído, por el miedo al camino, pero también por la emoción de nuevas vistas casi imposibles, como serrucho invertido que rasga el cielo. Sétimos los Andes, su inmensidad, muralla infinita.
La jornada de Cuzco a Ollantaytambo transcurrió por una carretera endemoniada, polvorienta, llena de baches. Cuando paramos en esta última ciudad para coger el tren que nos llevó a Machupicchu, el cuerpo estaba dolorido por el traqueteo y el haber andado subiendo y bajando los tramos más históricos a pie.
Todo el trayecto, tanto en taxi como en tren, va descendiendo de cota hacia la selva. Se puede apreciar el cambio de vegetación, como se va adaptando a cada altura y clima, desde los matorrales de altura y praderas de puna, con matas de pastos, gramíneas, líquenes, musgos y helecho. Después, poco a poco, va cambiando en intensidad y colorido; hasta encontrarnos con los espesos bosques tropicales o yungas, que conforman la ceja de selva. Dada la variedad de coloridos y formas, se nos hace imposible registrar tanta abundancia de vida diferente, en tan poco tiempo. Abundan los pájaros de vivos colores. Producen profunda admiración los colibríes, revoloteando con sus largos picos alrededor de las flores. Impresiona los sembrados de media altura, ricos en papas y gramíneas como la quinua, el trigo y la cebada. A medida que bajamos van apareciendo plátanos y paltos.
En medio camino topamos con Pisac, pueblo al lado del río, de arquitectura mestiza, colonial sobre la vieja ciudad inca. En lo alto tiene su fortaleza inca, con cerros rodeados de andenes. Desde lo alto, a vista de cóndor, desde sus torres de vigilancia incas, impresiona ver abajo el pueblo, en especial su plaza central, con sus vivos colores en los días de mercado, se ve su bullicioso y abarrotado comercio y su variada artesanía.
Finalmente llegamos a Ollantaytambo, donde tomaríamos el tren para Aguas Calientes.
Ollantaytambo está protegida por su astuta fortaleza, donde los Incas, capitaneados por Manco Inca, derrotaron por única vez a los conquistadores españoles. Este pueblo tiene un diseño urbano magnífico, con una regular estructura de canchas (cuadras o manzanas) con una alta fortaleza que lo protege, se aprecia las piedras gigantes de un templo inca a medio hacer o en construcción, detenido en el tiempo con motivo de la llegada de las tropas españolas. Abajo en el pueblo, destaca como museo vivo: el Centro Andino de Tecnología Tradicional y Cultura de las Comunidades de Ollantaytambo (CATCCO). Donde junto a su actividad como museo, se está desarrollando una necesaria actividad educativa de desarrollo para sus gentes, en especial para niños y jóvenes.

En Ollantaytambo cogimos el tren que va a Machupicchu, es un tren segregacionista, donde se separan a los viajeros nacionales de los gringos o extranjeros: Tuve la suerte de pasar por nacional pagando 20 soles, los extranjeros pagan en dólares y 10 veces más, así que este tramo lo hice sólo, como buen peruano.
Como decía, la visita a Machupicchu (no sé por qué hay que poner las dos “cc”, pero así viene en todas partes) empieza en Aguas Calientes (donde las duchas son frías). Es mejor comenzar temprano. Hay unos autobuses que te suben y te bajan por un camino que ha estropeado el paisaje. Preferimos subir andando, para apreciar mejor el entorno y la flora de la zona. Además, si sales temprano, te evitas llegar con toda la avalancha de turistas. El camino sigue en paralelo al cauce del río Urubamba, hasta llegar al puente donde cruzándolo, se inicia la subida a las ruinas. Hay dos caminos, uno ruidos, polvoriento y en ziczac que utilizan los autobuses para subir a los vagos turistas, como una larga serpiente blanca dispuesta a zamparse las ruinas. El otro es la antigua senda directa para caminantes que es preciosa y empinada, la que recorren principalmente unos chavales disfrazados de chasqui, con ropajes y abalorios similares o parecidos a como se suponen que vestían los antiguos incas. Pero ahora estos chiquillos disfrazados, llaman la atención de los turistas, saludando con las manos a los microbuses donde viajan los turistas, en los cruces de la senda con la carretera polvorienta, saludan con sonrrisas forzadas a los polvorientos y ruidosos y pesados autobuses que van subiendo como ratones engullidos por la blanca serpiente gigantes desde el río a las ruinas, como una serpiente que fueran a regurgitar turistas de variados colores sobre las viejas piedras en ruinas que luego vuelve a engullirse. El asqueroso camino serpenteante blanco para autobuses de precios abusivos, es lo más feo que tiene el entorno de Machupicchu, su fealdad se aprecia desde casi cualquier lugar en las ruinas, desde arriba, desde el Huayna picchu. Como un circuito de MotoCross descansa sobre el hermoso lecho verde. Nosotros optamos por el camino más apacible.

Machupicchu a pesar de los precios abusivos que nos cobran por acercarnos y respirar su aire, a pesar de los destrozos humanos que han hecho en su entorno (la carretera, la central hidroeléctrica que se esconde en una ladera posterior y el hotel turístico que se les ocurrió montar, arriba, pegado a las ruinas), a pesar de todo, es extraordinario; por todo: por donde está situado, por lo imposible de sus formas y diseño, por sus colores y ambiente, por la paz que irradia. Cada día pasado en sus alturas es irrepetible y siempre diferente.
Hay muchas teorías sobre la razón de su existencia, se inventas historias para cada piedra, para cada rincón de sus ruinas. Hasta vimos hacen demostraciones de fuerzas mentales extrasensoriales en el lugar.

Pero Machupicchu es sólo un Lugar privilegiado de la naturaleza donde, en algún momento, el hombre quiso trascender. Habitado por hombres colosales que supieron identificarse con el lugar y construyeron a la medida de los cóndores. Piedras colgadas de los riscos, con sus andenes y edificios, formando una estructura armónica entre el cielo y la montaña, un cuadro perfecto.
Desde las 6’30 de la mañana hasta las 3’30 de la tarde, lo andamos todo. A primera hora recorrimos las ruinas principales sin gente, después subimos hasta el principio o final del camino del Inca, en las ruinas de la puerta de entrada Intipunku. Bajamos de nuevo, a las 11 ya parecía la Gran Vía a la hora del vermú,

cruzamos las ruinas y subimos al Huaynapicchu. Subir este pico tiene su trabajo y hay que tener un poco de cuidado. Paciencia y estar precavidos con la gente que lo transita y te vas cruzando, sobre todo en los tramos finales, cualquier caída puede ser mortal, te tendrían que recoger en el río, si no te quedas colgando de alguna rama o deapareces. Los andenes finales son impresionantes, vaya ganas de ponerlos en este lugar, seguramente harían experimentos botánicos con plantas medicinales, porque sino, no se explica su utilidad. Vale la pena subir hasta la cumbre, en especial, si consigues estar sólo, tirado sobre las rocas superiores; por eso, es mejor subir a primera hora o a última, pero sin que se haga de noche… Aunque ahora que lo pienso, debe ser una pasada pasar la noche encaramado en esas rocas.
Después de estar en estas alturas, el resto del camino del regreso a Aguas calientes, al tren, a Cuzco; parecen insípidos, no añade nada especial a la historia, o no tengo ya ánimos de contar sentimientos o hechos que son infinitamente más secundarios.

Contenido del papelito 3:
25/2/05 Sentado en la sala de espera del aeropuerto de Cuzco para embarcar a Lima, acabamos de pasar los controles, primero de pasaje y después de seguridad. Aquí también les ha entrado la neura de los secuestros y derribos de aviones. Al pasar el equipaje de mano por el escáner, nos detectaron una cuchara india que usan las mujeres para sujetarse el poncho y una copia de un bastón de mando o varalloc, así que tuve que dar la vuelta otra vez y registrar de nuevo otro paquete de embarque, estas son las complicaciones de los tiempos modernos que nos ha tocado vivir.
En Lima, más visitas a familia, salidas por las noches limeñas, peñas, comidas, recitales, jaranas. Pero yo me quedo con los recuerdos de la sierra alta, donde emana la profundidad y sentimiento que tiene la música criolla.
Resumiendo ideas y sentimientos:
Para los que sueñan, para los que les gusta volar con la imaginación, a los buscadores, para toda aquella persona que quieran sentir la vida, recomiendo un viaje por el Perú, con tiempo, sin prisas, hay que armarse de paciencia porque puede ser tedioso, largo, muchas veces hay que esperar. Ver que los trenes paran, avanzan y retroceden. Las carreteras están llenas de baches, constantemente hay que ir sorteando agujeros. Deberá ser un viaje lento, nos cansaremos. Muchas veces se acaba con la espalda molida por los saltos y el tiempo empleado y la falta de comodidades. Pero en compensación, los paisajes de las zonas más agrestes, son insuperables. Sus gentes, cuando no han sido contagiados por la “Anvicia” o la contaminación consumista de la civilización, son encantadoras. Después de haber andado por Machupicchu , queda un poso de recuerdos inolvidables. No creo en el “efecto mariposa”, pero a veces, cuando camino por el Madrid urbano, en los días fríos y ventosos, pienso soñando que quizás, de alguna manera, traídas por las botas de algún caminante, o por los vientos que cruzan el charco océano y la selva amazónica, alguna partícula de polvo de los andenes de Machupicchu pudiera haber llegado a esta ciudad y me hace recordar que otros lugares existen.