Desde aquí de nuevo, pensando, sentado en “La roca del indio”. Momento agradable al final del día, especialmente en las tardes de verano, cuando puedo mirar los atardeceres rojos y tener el lujo de ver y de pensar. Regalos de momentos de quietud. Y pienso que todos deberíamos tener nuestra “roca del indio”, como lo tendría Felipe II sobre su silla de piedra. Bueno para uno mismo, y ser aguantado. Cuando llegamos a cierta edad de calma, en el atardecer de nuestras vidas; cuando ya hemos realizado casi todas las cosas que se esperaba: hijos, trabajo, pagadas la hipotecas, plantados los árboles de la vida. Cuando no tenemos necesidad de seguir presionándonos. Cuando ya no necesitamos ser jóvenes emprendedores, ni necesitamos labrarnos un futuro… En esta segunda edad, busco la calma, la paz, el sosiego. Ahora toca llegar hasta donde podemos, sólo queda vivir el resto de vida adicional, de prorroga, de beber los posos. ¡Aprovechémoslo! Sorbamos cada minuto que se nos regala. Para eso está la roca, para sentir la vida, y el tiempo, y el aire rozando sus piedras. Con las nubes anaranjadas oscureciendo, siempre diferentes, siempre cambiantes. Momentos para sentir, y decir cosas como: Ha llegado la hora, de que nuestros hijos nos agradezcan que los hayamos tenido, ya que no lo hemos hecho tan mal.
En momentos así, saludo a la tarde, como dicen los militares: “con el deber cumplido”, o de una manera más académica: “con las tareas ya hechas.”
Momentos para recordar, más lo bueno que lo malo. Para que los buenos recuerdos, cubran a los malos momentos.
“La roca del indio” me gusta su nombre… dureza, aspereza. Y, el “indio” el olvidado… el ser diferente, que llevamos de raros. Seguramente seremos pocos, los que sentimos a nuestro ser indio, los que aspiramos estos aires de ansiada libertad. Somo fuertes y frágiles, gritamos al viento, como seres iguales. Gritamos a las nubes que nos pasan, para que se detengan y nos miren. Esto es vivir.
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